¿Por qué vivimos pendientes de la identidad? ¿No estamos fijándonos contínuamente en lo que hacen los demás? ¿No nos preocupa tener una viga en el ojo que nos impida ver correctamente la paja en el de los otros?
¿A qué cuento viene esto? Pues intentaré aclararlo.
En esta Salamanca nuestra, desde siempre, hemos carecido de una clara identidad. No somos castellanos,...pero tampoco somos leoneses. Casi todos nuestros grandes hombres, los salmantinos ilustres, han sido siempre “adoptados”, desde el obispo Jerónimo hasta el rector Unamuno, pasando por los grandes Padres del Concilio de Trento. ¿Por qué? Porque Salamanca, en la raya, como zona de transición y repoblación, siempre ha bebido en fuentes ajenas. A esto contribuyó, desde el principio, desde hace ochocientos años, nuestra querida (y al tiempo denostada) Universidad. El Alma Mater ha sido faro atractor de generaciones y generaciones de personas y personajes que han traido sus costumbres para amalgamarlas en este crisol de humanidad. Así, y lo dice alguien que también ha venido de fuera, aunque salmantino adoptado y charro lígrimo, al tener estas costumbres desde casi el orígen de la ciudad, nunca hemos tenido sensación de identidad y hemos dejado que el secular discurrir de la historia haya pasado a nuestro través absorbiendo (o más bien dejando que se nos pegase) todo lo atractivo de fuera.
Y si esto es lo que ha pasado en la generalidad ciudadana, ¿por qué voy a dejar fuera a la Semana Santa? ¡¡Tenemos una Semana Santa carente de identidad!!
No obstante, siempre hemos intentado “absorber” del exterior.
Cuando las comunicaciones eran algo extraño y complicado, se copió lo más cercano. Con ello, “lo zamorano” era lo que mejor nos iba: castellano austero y además... económico. Porque, siendo sincero, no hemos copiado lo mejor, sino que, desde nuestros escasísimos presupuestos, excepto en la Vera-Cruz de sus mejores tiempos (siglos XVII-XVIII), hemos tenido que asimilar lo más económico. De ahí, las simples mesas de principios del XX, las imágenes de cartón-piedra o los pasos de contrachapado y moldura de plastón. Nuestros recursos, siempre al límite, hacían (y siguen haciendo) que aun envidiando lo mejor de cada casa, tuviéramos que conformarnos con “lo que hay”.
Pero, no puedo creerme que esto sea lo que queremos. No en esta Salamanca barroca por excelencia hasta lo más extremo de recargamiento. Ciudad “feudo” de los Churriguera y, por tanto, de lo “Churrigueresco”, en la que lo más clásico de nuestra Semana Santa respira barroquismo por doquier. En la que el Nazareno de San Julián es maravillosamente barroco. En la que las mejores imágenes de la Vera Cruz son extraordinaria y retorcidamente barrocas. Y, ahora, en que nuestras comunicaciones peninsulares mejoran, casi todos nosotros (y que levante la mano el que no lo haya hecho nunca) miramos hacia el nuevo barroco, hacia la opulencia de lo groseramente barroco, hacia las fuertes economías admiradas por todos, hacia: Sevilla. Sí. Es cierto. Todos volvemos la vista a la Semana Santa sevillana, aunque no todos podamos “absorber” lo que esa Semana Santa desprende. Y, tal cual ocurría antaño con Zamora, ocurre hogaño con Sevilla: no copiamos lo mejor sino que copiamos lo que podemos. ¡Seguimos copiando lo barato! No podemos asumir el coste de recargados pasos en plata o maderas nobles, pero los imitamos hasta donde podemos. No podemos asumir bordados y orfebrería de excelencia en insignias y ornamentos, pero los imitamos hasta donde podemos. No podemos asumir el coste de músicas rimbombantes, pero las imitamos hasta donde podemos. Jamás hemos sabido lo que es una “Estación de Penitencia”, pero la imitamos hasta donde podemos... y además, con la tremenda suerte de que esto sea completamente asumible por nuestra economía, aunque carezca de sentido histórico. Sé que hay quienes ahora justifican, desde la “liturgia” fundamentalmente, la necesidad histórica de atravesar las naves catedralicias. Pero, aparte de lo estético (“sevillanísticamente” hablando), ¿tiene justificación? ¿sabemos de su justificación original?
Creo que, los practicantes, llevamos haciendo “estación” toda la vida, pues la exposición del Santísimo es permanente en todas nuestras iglesias y, que yo sepa, ninguno de nuestros pasos sale de una nave guardapasos. Creo que, los no practicantes, no van a hacer una “estación” en su vida, pues la exposición y adoración del Santísimo les trae al pairo. Pero, sí se que, en la calle, todos, practicantes o no, hacemos nuestra “estación”; todos cumplimos con nuestra misión catequética (aunque lo ignoremos) y, en esos momentos, no debemos sentir ninguna “necesidad” más. El resto es parafernalia, ¡nos digan lo que nos digan!
En fin. Volviendo al origen de esta reflexión, mantengo que en Salamanca carecemos de identidad. O, si queremos dar la vuelta a la misma, en Salamanca intentamos asumir distintas identidades. Y no me parece mal, pero hagámoslo con tiento. Que los árboles no nos impidan ver el bosque. Que todo lo que importemos sea de suficiente calidad como para ser digno de pasear por nuestras barrocas calles y plazas. Que la calidad impere sobre la “austeridad”. Que nos sintamos orgullosos de lo que tenemos, miremos al norte o al sur, sin tener que denostar lo de los demás por no parecerse a los nuestro. ¡Mantengámonos barrocos! ¡Seamos Semana Santa! ¡Sigamos siendo Salamanca!