¡Cuánta razón tienen los que me quieren!
Existen momentos en los que parece que el mundo se te viene encima y la única respuesta que encuentras es la de encogerte de hombros y dejar que pase el temporal. Parece que te haces cada vez más pequeño y que ese estado menguante te muestra más vulnerable al mundo exterior. Es en esos momentos en los que cedes ante el vocerío ajeno y renuncias a continuar, no por pérdida de interés, sino por no querer nivelarte con unos raseros que jamás sospechaste cercanos.
Hay veces, muchas veces, que en nuestra Semana Santa lo que parece ser más válido es lo que es defendido con más ardor, sin tenerse en cuenta si los argumentos son los más adecuados, o incluso si estos argumentos pueden ser defendidos de forma razonada. La capacidad de imponer criterios basada en la defensa motivada de nuestros argumentos pasa obligatoriamente, además, por poseer un buen chiflo, pues el ser capaz de aturdir a los demás con estridencias sin sentido se acepta como uno de los mejores argumentos.
No he pasado, o al menos no lo pretendí si lo hice, por ser persona de tonos elevados o defensor de causas sin aportar razones. Aun considerando que, por su simplicidad, la razón de la fuerza es una capacidad accesible a casi todo ser humano, jamás la tuve por propia y siempre he creído que se tiene más capacidad de convicción con el ejercicio de la razón. Pero esto, en nuestra Semana Santa, hay veces que no es sino un imposible.
Es cierto que somos muchos, seguramente cada vez más, los que defendemos nuestras causas sin aspavientos ni alharacas, pero aún seguimos en minoría. Es cierto que somos muchos los que pretendemos que, por la vía del convencimiento, los no adheridos a esta causa vean su eficacia y vayan, poco a poco, asumiéndola como propia. Pero esta Semana Santa nuestra, es una Semana Santa de blancos y negros, de intransigencia secular, de rencores eternos y venganzas prontas, que no admite la templanza sino como muestra de debilidad y en la que los moderados serán acusados siempre de no abrazar las causas con el ardor que se les debería suponer. Porque, aun manso, uno se tiene que defender en tablas y al menos aparentar fiereza a costa de que se adivine la querencia. Si no, serás un blando incapaz de ponerte con claridad a uno u otro lado.
Con todo esto en mi derredor, hay momentos en los que la decepción es más fuerte que las ilusiones y me hace ver las cosas a través de oscuros vidrios. Pero no deja de ser algo pasajero que, gracias a muchos, incluso sin ellos saberlo, queda pronto arrinconado para seguir sintiendo el estímulo de los optimistas.
¡Cuánta razón tienen los que me quieren!
A pesar de todo, quiero dejar constancia de que es más, mucho más, todo aquello que tiene capacidad de ilusionarme que todo lo demás, condicionado negativamente por unos pocos. Quiero que se sepa que aunque posiblemente ya no tenga la inocente ilusión de juventud, que algunos intentan aparentar aun a costa de ridiculizarse, mantengo una inmensa fe en los que sí que pueden defender su ilusión con jóvenes razones.
Existen momentos en los que parece que el mundo se te viene encima y la única respuesta que encuentras es la de encogerte de hombros y dejar que pase el temporal. Parece que te haces cada vez más pequeño y que ese estado menguante te muestra más vulnerable al mundo exterior. Es en esos momentos en los que cedes ante el vocerío ajeno y renuncias a continuar, no por pérdida de interés, sino por no querer nivelarte con unos raseros que jamás sospechaste cercanos.
No he pasado, o al menos no lo pretendí si lo hice, por ser persona de tonos elevados o defensor de causas sin aportar razones. Aun considerando que, por su simplicidad, la razón de la fuerza es una capacidad accesible a casi todo ser humano, jamás la tuve por propia y siempre he creído que se tiene más capacidad de convicción con el ejercicio de la razón. Pero esto, en nuestra Semana Santa, hay veces que no es sino un imposible.
Es cierto que somos muchos, seguramente cada vez más, los que defendemos nuestras causas sin aspavientos ni alharacas, pero aún seguimos en minoría. Es cierto que somos muchos los que pretendemos que, por la vía del convencimiento, los no adheridos a esta causa vean su eficacia y vayan, poco a poco, asumiéndola como propia. Pero esta Semana Santa nuestra, es una Semana Santa de blancos y negros, de intransigencia secular, de rencores eternos y venganzas prontas, que no admite la templanza sino como muestra de debilidad y en la que los moderados serán acusados siempre de no abrazar las causas con el ardor que se les debería suponer. Porque, aun manso, uno se tiene que defender en tablas y al menos aparentar fiereza a costa de que se adivine la querencia. Si no, serás un blando incapaz de ponerte con claridad a uno u otro lado.
Con todo esto en mi derredor, hay momentos en los que la decepción es más fuerte que las ilusiones y me hace ver las cosas a través de oscuros vidrios. Pero no deja de ser algo pasajero que, gracias a muchos, incluso sin ellos saberlo, queda pronto arrinconado para seguir sintiendo el estímulo de los optimistas.
¡Cuánta razón tienen los que me quieren!
A pesar de todo, quiero dejar constancia de que es más, mucho más, todo aquello que tiene capacidad de ilusionarme que todo lo demás, condicionado negativamente por unos pocos. Quiero que se sepa que aunque posiblemente ya no tenga la inocente ilusión de juventud, que algunos intentan aparentar aun a costa de ridiculizarse, mantengo una inmensa fe en los que sí que pueden defender su ilusión con jóvenes razones.
Quiero que se sepa que somos muchos los que defendemos una causa joven en la que, aun reconociendo la necesidad de la experiencia, son importantes las razones. No es la edad el único baluarte de los faltos de ideas, por supuesto, aunque muchos se agazapan en su interior. No es la juventud sinónimo de vitalismo renovador y de nuevos argumentos, pero tampoco debemos
menospreciar a los que con más que sobrada capacidad muestran como único defecto el de de su "corta" edad. Es, en definitiva, la razón de la juventud de la razón. ¿Por qué no dejar que nos muestren todo lo que tienen para enseñarnos?
Es cierto. Lo habéis dicho. Nunca es tarde para dejarse atrapar. Jamás se debe renunciar a la belleza de lo que amamos. No dejaré que "lo otro" me tome al asalto sin oponer resistencia. Defenderé mi ilusión con la fuerza de la razón. Intentaré ilusionar a mis hijos y que ellos sean capaces de transmitirse a los demás. Y les enseñaré cómo el anaranjado puede mostrarnos muchas bellezas cuando se encuentra con las calles salmantinas en amaneceres únicos. Y los disfrutaré. Y los disfrutaremos. Y será Semana Santa. Y, de nuevo, será Viernes Santo.
Quiero que se sepa que no renuncio a mi ilusión madura. Que no renuncio a mi convencimiento. Que no renuncio a mi convicción. Que tropecé y tropezaré muchas veces. Que muchos pondrán piedras en el camino. Pero que siempre intentaré levantarme y seguir. Con ilusión. Y siempre habrá alguien dispuesto a darme la mano para ayudarme. Y, por qué no, será joven y tendrá razones.
No perdí la ilusión. Me la habían escondido.
menospreciar a los que con más que sobrada capacidad muestran como único defecto el de de su "corta" edad. Es, en definitiva, la razón de la juventud de la razón. ¿Por qué no dejar que nos muestren todo lo que tienen para enseñarnos?Es cierto. Lo habéis dicho. Nunca es tarde para dejarse atrapar. Jamás se debe renunciar a la belleza de lo que amamos. No dejaré que "lo otro" me tome al asalto sin oponer resistencia. Defenderé mi ilusión con la fuerza de la razón. Intentaré ilusionar a mis hijos y que ellos sean capaces de transmitirse a los demás. Y les enseñaré cómo el anaranjado puede mostrarnos muchas bellezas cuando se encuentra con las calles salmantinas en amaneceres únicos. Y los disfrutaré. Y los disfrutaremos. Y será Semana Santa. Y, de nuevo, será Viernes Santo.
Quiero que se sepa que no renuncio a mi ilusión madura. Que no renuncio a mi convencimiento. Que no renuncio a mi convicción. Que tropecé y tropezaré muchas veces. Que muchos pondrán piedras en el camino. Pero que siempre intentaré levantarme y seguir. Con ilusión. Y siempre habrá alguien dispuesto a darme la mano para ayudarme. Y, por qué no, será joven y tendrá razones.
No perdí la ilusión. Me la habían escondido.
3 comentarios:
Ahora sí, Luis. Ahora sí nos ponemos de acuerdo; recuerda que no necesariamente es más manso el toro que se aquerencia en tablas. Que existen los arreones de manso y los mansos con peligro. Que siempre se hicieron grandes faenas frente a los garbanzos negros de la camada si terminan embebidos en la muleta de una mano baja y firme. Y que algunos venden cara su vida, incluso desoyendo su condición de bravos, incluso defendiéndose en chiqueros sin haber peleado, sin haberse ganado la vida en el ruedo, sin reivindicar su casta de siglos, la llamada de su sangre. La vida es también así. Y tu Semana Santa, y la mía. No son tan distintas Salamanca y Zamora, sobre todo en esa semana que llamamos santa y hacemos profana a fuerza de ensuciarla. Ni son tan distintas las percepciones de las cosas, a pesar de la edad. Yo he conocido ancianos con espíritu joven, y jóvenes que son viejos prematuros. Por suerte, mi corazón está al lado de un grupo de jóvenes por los que apuesto con ojos cerrados, que me descubren cada día rincones de mí misma que no conocía. Sólo hay que dejarse llevar de la mano. Ellos me limpian el alma y ayudan a fabricar mis sueños. Y hacen santos mis días santos.
Celebro, no sabes cómo, que te des cuenta de que la ilusión, tu ilusión, estaba escondida. Y, sobre todo, que la hayas encontrado.
Un abrazo.
Yo también lo celebro, Luis. Supongo que tu ilusión será tan grande que es dificil esconderla.
Estando tan próximos, alguna vez tendríamos que encontrarnos en tan bonita senda. Y no será por que llevamos poco camino recorrido.
La falta de experiencia de la juventud se suple con ilusión, pero más importante es suplirla con buenas razones y argumentos. Aunque sean muchas veces causas perdidas.
Gracias, Berrendita, otra vez, por todo. Por visitarme y por comentarme. Por estar siempre cerca de la razón, seguramente porque ese grupo de jóvenes almas al que te has unido está más que sobrado de ella. Sabes que no necesitas ningún permiso para entrar en este diario pues, a pesar de ser mi propia voz y, por tanto, particular, está pensado para ser participado por los que siempre teneis algo bueno que aportar.
A tí Doctrinos sólo decirte que de acuerdo, por supuesto. Que si nuestros caminos se encuentran por qué no podemos encontrarnos nosotros. Seguro que podemos compartir algo más que estas vías paralelas que desembocan en tu isla. Porque lo sé te digo que la juventud, con su inexperiencia, es un mal pasajero que desaparece poco a poco muy a nuestro pesar, pero la ilusión y las razones pueden acompañarnos sólidamente hasta el final. Aun así, no deja de ser maravillosa una juventud cargada de razón, aunque se crea una causa perdida.
Un saludo,
Luis Santos.
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