...Del Principio y De Mi Principio...

Quiero dejar en el aire un grito solitario que se perderá en el vacío virtual sin alcanzar ningún oído. O quizá sí alcance a algunos que, compartiendo o no mis reflexiones, se sientan estimulados por mis palabras y comiencen a construir desde lo que tenemos, desde nuestra Semana Santa, así, global, sin parcelas, sin cofradías ni cofrades que se “sientan” los mejores, pues... mi intención es hacer ver a todos los que me escuchen que TODOS somos los mejores.

27 de julio de 2007

PRIMAVERA DEL 68

No recordarán otra primavera como aquella del sesenta y ocho.
Con la inocencia de la edad, Luisito y Fernando iban a vivir momentos mágicos que, aunque entonces aún no lo supiesen, quedarían grabados en su corazón de forma indeleble.
Mantenían una larga amistad a pesar de la edad, pues ya desde el cálido regazo materno sus vidas habían discurrido de forma paralela. Eso haría que en sus primeros años su unión fuese íntima, como si de un solo ser se tratase.
En aquellos días, sus conciencias libres aún de lastres adultos, desconocían el nombre de muchas de las cosas que hacían. Solidaridad, compromiso, entrega… Pero, ¿qué importan los nombres?
En aquellos días, oían extrañados cómo algunos adultos comentaban escandalizados la tensa situación internacional, preguntándose hasta dónde llegaría la juventud. ¡A dónde iba a llegar este mundo loco! Dany “el rojo”, el del Gran Bazar, había sido detenido junto a otros compañeros por alzar la voz en contra de la intervención en Vietnam. ¿¡Qué faltaría por ver!?
Pero Luisito y Fernando, ajenos a aquella realidad, sólo vivían pendientes de su partido de fútbol del recreo, de los cuadernos de caligrafía, de los soldaditos de plástico, de cambiar tebeos en el quiosco y, los fines de semana,… del padre Feser.
En aquellos días no hubo nada que impidiese su reunión semanal con sus compañeros, con sus amigos, con los “Cruzados de Cristo Rey”. En aquel grupo, de la mano del jesuíta padre Feser, educador inmenso y excelente persona, veintitantos muchachos vivieron sorprendentemente convencidos aquellos primeros tiempos de la época postconciliar. Confesiones comunitarias, eucaristías en pequeño grupo y trabajo social. Algo nuevo y desconocido, sobre todo para ellos, pero encantador. Visitas a hospitales y asilos. Integración de pequeños marginados. Formación en doctrina cristiana. Actividades todas ellas en las que Luisito y Fernando participaban de forma generosa, pues aún no sabían (y no lo sabrán nunca) solicitar recompensa por su entrega.
Pero eso era poco. Para ellos eso no era nada. Simplemente era su compromiso de los sábados y domingos, algo normal.
No recordarán otra primavera como aquella del sesenta y ocho.
La actividad de las últimas semanas en el grupo de “cruzados” tenía un algo frenético que los niños no alcanzaban a entender. La comunidad jesuíta, representada en el padre Feser, se preocupaba de su formación y de sus reuniones con más interés. Un interés desconocido por los chavales. Algo pasaba y Luisito y Fernando sólo sabían que algo hacía que sus cuerpos estuvieran más inquietos que de costumbre y que algunos gusanillos hubieran hecho nido en sus estómagos. ¿Por qué sería?
Un sábado, después de la misa, sin previo aviso, todos los “cruzados” fueron conducidos a una sala que jamás antes habían visitado. En su interior, una organizada revolución de telas y ropas y cajas de cartón por cuyos bordes sobresalían las suelas de raras sandalias, todo repartido por la estancia sin aparentar orden concreto.
-¡A ver!- dijo el padre Feser. -¡Un poco de silencio! ¡Por favor!- insistía y volvía a insistir el paciente padre Feser. Pero la algarabía iba en aumento. Un susurro comenzó a recorrer las infantiles gargantas …-¡vamos a hacer un teatro!-... No había otra explicación. -¡Por favor, silencio!- insistió el padre. Y, cuando la calma parecía haberse asentado en el grupo, comenzó a explicar el porqué de todos aquellos ropajes. Había túnicas blancas, sandalias, y capas rojas. Todo era para salir en procesión, les dijo el sacerdote. ¡La Procesión de Ramos! ¡¡Iban a salir en la Procesión de Ramos!!
Ninguno de los dos amigos hubiera sospechado jamás que participaría en una procesión de Semana Santa. En la procesión de los niños. El Domingo de Ramos. La mañana del Domingo de Ramos. Ahora ya sabían la causa de la actividad desconocida. Ahora sabían por qué las reuniones de los últimos días habían tenido esa intensidad que, en aquellos momentos, habían sido incapaces de comprender. Les habían estado preparando para participar en la procesión. Habían hecho una catequesis especial para la Semana Santa.
En el revuelo de la sala, cada uno se probó y probó hasta dar con las prendas adecuadas. Una túnica corta, por la rodilla, de manga también corta, con una cruz roja cosida en el pecho. Una capa roja, también corta, abrochada en su cuello. Después lo sabrían: ¡la clámide púrpura! Y sandalias. Unas sandalias de tiras de cuero que ya habían sido utilizadas por otros “cruzados”, seguramente en otras procesiones, seguramente en otros Domingos de Ramos, seguramente en otras ciudades.
Un hatillo, una bolsa y a casa.
No fueron capaces de permanecer callados un solo momento en el regreso a casa. No podían hablar de otra cosa que no fuese esa procesión; ¡LA PROCESIÓN! ¿Dónde nos pondrán? ¿Iremos juntos? ¿Nos cansaremos? ¿Durará mucho? ¿Durará poco?...
Era un continuo ir y venir por las aceras camino de casa. Carreras, cruces, saltos, empujones, empellones… No podían estar quietos.
-¡Mamá, mamá! ¿A que no sabes qué? ¿A que no sabes qué? ¡Voy a salir en la procesión de los ramos! ¡El domingo! ¡El Domingo de Ramos!- No paró de decir Luisito nada más abrir la puerta, sin dejar siquiera que su madre le diera el beso de bienvenida. –¡Mira lo que me han dado! ¡Una túnica! ¡Y capa!- Luisito era incapaz de hacer una única cosa. Hablaba mientras deshacía el hatillo y se probaba al tiempo la clámide para mostrársela a su madre. Rebosaba ilusión por todo su pequeño cuerpo infantil.
Los siguientes, fueron unos días de intensidad desconocida. Todo el mundo en casa sabía que Luisito, Luis para su padre en momentos de seriedad, iba a salir en procesión. Todo el mundo en casa sabía que Fernando, Fernandito para la abuela, iba a salir en procesión. Todo el mundo en el colegio sabía que Luisito y Fernando, Santos y Oraá para sus compañeros, iban a salir en procesión. En su primera procesión. Y todos estaban gozosos.
Por fin llegó el Domingo. Luisito ya se había puesto de acuerdo con Fernando para ir juntos, como siempre, hasta el colegio de los jesuítas, de donde partirían después todos los “cruzados” en grupo hasta la catedral. Luisito se despertó y sólo pensaba en comenzar a vestirse su túnica y su capa. –¡Luisito!, ven a desayunar, que la mañana será larga- decía su madre sabiendo que él sólo estaba preocupado por mirar el reloj a la espera de que Fernando tocase el timbre. Al final, siguiendo ese orden tan difícil de alterar cuando una madre está pendiente, Luisito ya estaba lavado, peinado, había desayunado y, sobre todo, estaba vestido. ¡Vestido de “Cruzado de Cristo Rey”!
Llegó el momento. Sonó el timbre y en la puerta estaba Fernando. Estaba lavado, peinado, había desayunado y, sobre todo, estaba vestido. ¡Vestido de “Cruzado de Cristo Rey”! ¡Los dos “Cruzados de Cristo Rey”!
Al llegar al colegio ya sabían que tenían que ir directamente a la capilla. Debían participar en una Eucaristía todos juntos, todos los “cruzados”, antes de salir hacia la catedral. Debían ir inmaculados a la procesión no sólo por fuera. Tenían que comprender el sentido de lo que iban a hacer.
Después en la catedral, todos recogieron su palma y se colocaron en orden para el desfile. A partir de aquí, todo es una nube en el recuerdo. No hay caras ni gentes. No hay calles. No hay cansancio. Todo es un recuerdo intenso colmado de felicidad. Sin más, sin detalles. FELICIDAD. Habían participado en su primera procesión. Después vendrían otras muchas, pero como aquella primera…
Fue una intensa jornada.
Y, del final, del regreso a casa, cansados, con la palma ajada, sólo les quedó un recuerdo. Los dos, ambos, se vieron como Tarsicio, con la clámide abrazando su cuerpo y el Cuerpo de Cristo protegido en su interior.
Fue un día siete. Fue en abril.
No recordarán otra primavera como aquella del sesenta y ocho.

4 comentarios:

doctrinos dijo...

Muy bonito, Luis. Ya te había puesto falta por no recordarnos algo de la infancia.

Me retiro temporalmente en unas supongo que merecidas vacaciones. A la vuelta espero seguir debatiendo contigo en esta casa, que me he dejado en el tintero tus últimas entradas y pienso que nos pueden dar mucho juego todavía, eh.

Hasta pronto.

LUIS SANTOS DE DIOS dijo...

Me imagino que tus flores quedarán en buenas manos, seguro. Creo que voy a seguir tu ejemplo y también descansaré unos días.
Nos vemos a la vuelta. Felices vacaciones.
Un saludo,
Luis Santos.

berrendita dijo...

Preciosa aquella primavera del 68. Preciosa siempre la primera procesión.
Un abrazo.

LUIS SANTOS DE DIOS dijo...

La primera procesión es inolvidable. Preciosas son todas las demás, hasta la última.
Un abrazo,
Luis Santos.