Lo primero que he pensado ha sido en este maldito otoño, que nos hiela el cuerpo durante las despejadas noches de luna creciente. ¡Otra hoja más que se cae! Esto es lo que me ha venido a la mente.
¡Este maldito otoño que endurece lo que toca impidiendo cualquier sementera!
No me extraña, por ello, que todo esté parado. Que no haya ganas de seguir viendo que los nuestros no dejan de ser sino gritos en el vacío, que no es que nadie escuche, sino que no suenan.
Otros, que también lo sé, afectados igualmente por estas heladas nocturnas, hacen de su participación en esta corrala virtual de diarios, un esfuerzo cada vez más notable. Y se aprecia en sus palabras. Pierden la calidez y llegan a cortar como gélidos cuchillos de afilado borde. Confiemos en que la tibieza de los soles matinales sea suficiente para que, poco a poco, sin prisa, con sentimiento, como una elegante chicotá, esas palabras vuelvan a recobrar la alegría que ahora han perdido y, entre todos, sacar adelante esta faena.
Otros, los más, han pasado a un barbecho hibernante en el que cómodamente inactivos esperan la llegada de un motivo. En el que, a pesar de la calma, en cuanto su tierra sea removida, volverán a dar frutos para una cosecha cuaresmal, cuando todo se despierta y se pide algo más.
Acabo de ver cómo un amigo insinúa no sé qué excusas para dejar de construir palabras. Sé que no lo abandona, sino que prefiere la intimidad de otros foros, más cercanos, familiares, en los que se siente arropado y su ánimo puede recuperarse de vaivenes desagradables. Sé que él seguirá por aquí. Por eso le digo que está bien. Que seguiremos aquí y allí. Que seguiremos intentándolo mientras nos lo permitan. Cada uno en su posibilidad. Cada uno en su fuerza. Cada uno en su casa, confiando en que todo puede arreglarse. ¡Y las flores son su casa y su esfuerzo! ¡Y qué le voy a decir yo de siembras y cosechas!
Seguiremos viéndonos, aunque sea como anónimos.
Hasta su vuelta, que la habrá, aquí estamos.
¡Este maldito otoño que endurece lo que toca impidiendo cualquier sementera!
No me extraña, por ello, que todo esté parado. Que no haya ganas de seguir viendo que los nuestros no dejan de ser sino gritos en el vacío, que no es que nadie escuche, sino que no suenan.
Otros, que también lo sé, afectados igualmente por estas heladas nocturnas, hacen de su participación en esta corrala virtual de diarios, un esfuerzo cada vez más notable. Y se aprecia en sus palabras. Pierden la calidez y llegan a cortar como gélidos cuchillos de afilado borde. Confiemos en que la tibieza de los soles matinales sea suficiente para que, poco a poco, sin prisa, con sentimiento, como una elegante chicotá, esas palabras vuelvan a recobrar la alegría que ahora han perdido y, entre todos, sacar adelante esta faena.
Otros, los más, han pasado a un barbecho hibernante en el que cómodamente inactivos esperan la llegada de un motivo. En el que, a pesar de la calma, en cuanto su tierra sea removida, volverán a dar frutos para una cosecha cuaresmal, cuando todo se despierta y se pide algo más.
Acabo de ver cómo un amigo insinúa no sé qué excusas para dejar de construir palabras. Sé que no lo abandona, sino que prefiere la intimidad de otros foros, más cercanos, familiares, en los que se siente arropado y su ánimo puede recuperarse de vaivenes desagradables. Sé que él seguirá por aquí. Por eso le digo que está bien. Que seguiremos aquí y allí. Que seguiremos intentándolo mientras nos lo permitan. Cada uno en su posibilidad. Cada uno en su fuerza. Cada uno en su casa, confiando en que todo puede arreglarse. ¡Y las flores son su casa y su esfuerzo! ¡Y qué le voy a decir yo de siembras y cosechas!
Seguiremos viéndonos, aunque sea como anónimos.
Hasta su vuelta, que la habrá, aquí estamos.
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