Llevo días con varias ideas rondando mi cabeza. Las elecciones en la Congregación de Jesús Divino Redentor Rescatado y Nuestra Señora de las Angustias, la renovación en la Ilustre y Venerable Congregación de Nuestro Padre Jesús Nazareno, la posible incidencia de las dos cuestiones anteriores en el devenir de la Procesión del Santo Entierro, la fiebre de las restauraciones en la imaginería procesional salmantina, nuevos cofrades y nuevas cofradías,... Pero he perdido parte de la ilusión con la que comencé este diario. ¡Sí!
A fuer de ser sincero, no es algo que me sorprenda, pues, en el lógico cálculo de opciones que realicé en un principio, para estimar la conveniencia de publicar mis opiniones y reflexiones, ya conté con esta posibilidad como una de las más factibles. Pero en lo que erré fue en la suposición de los argumentos que llevarían a esta pérdida. Calculé mal y equivocadamente. Pensé que todo iba a depender de mí mismo y que la disminución del interés vendría acompañando a desidias, desganas, apatías, falta de ideas e incluso cansancio. Pero, aun reconociendo que no mantengo la pujanza de los primeros días (-es más atractivo construir que mantener-), no han sido los estados anímicos anteriores los verdaderos responsables. Me duelen más mis envidias, mis rencores, la prepotencia... o como alguien me dijo hace tiempo para definir a cierto colectivo: el "yoísmo". Sí. Me he dado cuenta, o mejor dicho, he confirmado que entre los cofrades salmantinos que nos movemos durante el año, que participamos en actividades que van mucho más allá de la propia salida penitencial dentro de nuestras cofradías y hermandades, que somos conscientes de que nuestra labor va más allá de lo meramente estético para formar parte de lo esencialmente ético, en fin, que entre los que más o menos nos dejamos ver de una u otra forma, ¡abundamos los yoístas!
A fuer de ser sincero, no es algo que me sorprenda, pues, en el lógico cálculo de opciones que realicé en un principio, para estimar la conveniencia de publicar mis opiniones y reflexiones, ya conté con esta posibilidad como una de las más factibles. Pero en lo que erré fue en la suposición de los argumentos que llevarían a esta pérdida. Calculé mal y equivocadamente. Pensé que todo iba a depender de mí mismo y que la disminución del interés vendría acompañando a desidias, desganas, apatías, falta de ideas e incluso cansancio. Pero, aun reconociendo que no mantengo la pujanza de los primeros días (-es más atractivo construir que mantener-), no han sido los estados anímicos anteriores los verdaderos responsables. Me duelen más mis envidias, mis rencores, la prepotencia... o como alguien me dijo hace tiempo para definir a cierto colectivo: el "yoísmo". Sí. Me he dado cuenta, o mejor dicho, he confirmado que entre los cofrades salmantinos que nos movemos durante el año, que participamos en actividades que van mucho más allá de la propia salida penitencial dentro de nuestras cofradías y hermandades, que somos conscientes de que nuestra labor va más allá de lo meramente estético para formar parte de lo esencialmente ético, en fin, que entre los que más o menos nos dejamos ver de una u otra forma, ¡abundamos los yoístas!
Alguno, llegado este punto, seguro que se preguntará por el significado de este término ficticio. Ahí va la respuesta. El yoísmo podría definirse como la íntima necesidad de alguien de ser o sentirse protagonista. Los yoístas somos el perejil de todas las salsas. Pero no nos conformamos con estar en todos los "fregaos", sino que, como somos nacidos en ciudad universitaria, tenemos la necesidad de sentar cátedra, o, utilizando otro símil más adecuado a nuestra condición cofrade, "¡lo que yo digo va a misa! ¡A mí me lo vas a decir!" Somos un tipo de persona que, cuales contertulios de cotidianos programas radiofónicos, siempre tenemos pronta una respuesta a cualquier pregunta. Lo de menos es el dominio que poseamos del tema tratado, las fuentes consultadas o la solidez de nuestros argumentos. Lo que verdaderamente importa es la prontitud en la reacción, la inmediatez de la respuesta, aunque el resultado, en expresión de Lázaro Carreter, sea un "dardo en la palabra". Pero, esta agilidad mental conlleva riesgos que, aun importantes, sólo verán quienes nos rodean, y nunca nosotros los yoístas. Así, fruto de la irreflexión, yo, como buen yoísta, soy capaz de hoy decir "digo" y mañana decir "diego" olvidándome de lo que dije ayer. Lo importante es el momento. Carpe diem
Bien. Una vez definido el yoísmo (y con ello los yoístas), continúo con mi reflexión.
Como decía, he perdido parte de la ilusión inicial y me doy cuenta de que esta pérdida viene motivada por el reciente descubrimiento de mi íntima condición de yoísta, que me invade y hace que pierda el control de mis propios actos e ideas. Que me lleva a opinar sin pensar y, además, a intentar convencer a los demás de que lo único válido es lo mío, pues para eso soy experto. ¡Me invade el yoísmo!
Creo que, ahora que aún estoy a tiempo, voy a someterme a un tratamiento antiyoísmo, una desintoxicación de ego, una cura de humildad. Cuando termine con ello lo contaré en este diario para general información. Mientras tanto, animo a todos los yoístas de la Semana Santa salmantina a que se unan a mí en estas jornadas y que, como yo, intenten abandonar esta malsana tendencia individualista que crea adicción.
¡Todos estamos aún a tiempo!

