de los rincones de esta Salamanca que más sosiego me inspira. Estuve en "mi" plaza de Anaya.Intenté imaginar cómo sería ese espacio cuando aún estaba en pie el Colegio Viejo y cómo quedaría éste, encerrado por entre las casas del Cabildo. Intentaba imaginar el atrio de la inmensa mole de grácil fábrica que es nuestra Catedral, escondido entre las casuchas que, desde aquí hasta el azogue viejo, rodeaban el edificio haciendo más que dificultosa la admiración de su grandeza. Intentaba imaginar cómo hubiera sido mi Semana Santa en esa Salamanca de callejas lóbregas en las que un olor indefinible, mezcla de cientos de olores, se haría más intenso en los crepúsculos por adormecimiento de otros sentidos. Intentaba ver a mi Piedad sobre unas sencillas angarillas en todo ajenas a un dominante barroco.
Ese espacio que, como magnífico resultado del ambicioso interés de un general francés afanado en perdurar en nuestra memoria histórica (¡y mira que lo consiguió!), se abría ahora ante mis ojos, con su "nuevo" Colegio neoclásico y sus desniveles, con sus jardines y enlosados, y su atrio encadenado, y su acogedora y espaciosa amplitud, era la única visión posible que permitía mi imaginación. Una plaza que, desde que mis recuerdos son tales, ha visto pasar por entre sus árboles la imaginería pasional que más he querido y admirado. Un lugar con el que he compartido emotivas y evocadoras mañanas de Viernes. Viernes Santo de oración y reflexión, con el cansancio silencioso enredado
en el vuelo de una capa. Mañanas de sonidos cofrades mezclados con la melodía de los pajarillos y el solemne run-run del interior de la Basílica. Mañanas de Viernes Santo marcadas por la vuelta a casa, por el reencuentro con la plaza que horas antes me vió partir. Despedidas que son hábito de año en año.También recordé cómo fueron mis días de juventud, cuando la observaba con admiración desde los ventanales del Alma Mater creyendo que ella no me veía. Cuando intentaba que los mullidos sillones colegiales me transmitiesen unos seculares conocimientos que jamás sería capaz de encontrar en libros y cuartillas, siempre vigilado por el mármol que, colocado en el lienzo sur, nos recordaba de forma permanente la cesión de volúmenes que en su día realizó el Caudillo. Y la concesión de nuestra Universidad para su Honoris Causa entremezclado con el "vencer no es convencer". Y el Juan del Enzina. Y el Santísimo asomado a ella una vez al año en su día, en el día del Cuerpo de Cristo.Y la enhechizada voluntad de cualquier Licenciado Vidriera. Y la fuente del sotoatrio. Y los etéreos ecos de una recién nacida Radio Nacional...
No sería capaz de imaginar la plaza de Anaya de otra forma.
No tendría sentido. Es mi plaza de Anaya.
No tendría sentido. Es mi plaza de Anaya.Y, de repente, no sé por qué, recordé que San Juan, el patrón, era de Sahagún. Y me vino a la memoria cómo otra vez, hace ya un tiempo, comentaba la curiosa circunstancia de que casi todos los salmantinos ilustres lo han sido por adopción. Desde el obispo Jerónimo hasta el rector Unamuno. Porque Salamanca, está y siempre estuvo en la raya, zona de transición y repoblación. Y que esto quizá ejerciese su influjo en cierta falta de identidad. Pero ahora veo que no todo es así. Que tenemos identidad. Tenemos la plaza de Anaya. Y eso otorga identidad. Al menos a mí.
