...Del Principio y De Mi Principio...

Quiero dejar en el aire un grito solitario que se perderá en el vacío virtual sin alcanzar ningún oído. O quizá sí alcance a algunos que, compartiendo o no mis reflexiones, se sientan estimulados por mis palabras y comiencen a construir desde lo que tenemos, desde nuestra Semana Santa, así, global, sin parcelas, sin cofradías ni cofrades que se “sientan” los mejores, pues... mi intención es hacer ver a todos los que me escuchen que TODOS somos los mejores.

27 de julio de 2007

PRIMAVERA DEL 68

No recordarán otra primavera como aquella del sesenta y ocho.
Con la inocencia de la edad, Luisito y Fernando iban a vivir momentos mágicos que, aunque entonces aún no lo supiesen, quedarían grabados en su corazón de forma indeleble.
Mantenían una larga amistad a pesar de la edad, pues ya desde el cálido regazo materno sus vidas habían discurrido de forma paralela. Eso haría que en sus primeros años su unión fuese íntima, como si de un solo ser se tratase.
En aquellos días, sus conciencias libres aún de lastres adultos, desconocían el nombre de muchas de las cosas que hacían. Solidaridad, compromiso, entrega… Pero, ¿qué importan los nombres?
En aquellos días, oían extrañados cómo algunos adultos comentaban escandalizados la tensa situación internacional, preguntándose hasta dónde llegaría la juventud. ¡A dónde iba a llegar este mundo loco! Dany “el rojo”, el del Gran Bazar, había sido detenido junto a otros compañeros por alzar la voz en contra de la intervención en Vietnam. ¿¡Qué faltaría por ver!?
Pero Luisito y Fernando, ajenos a aquella realidad, sólo vivían pendientes de su partido de fútbol del recreo, de los cuadernos de caligrafía, de los soldaditos de plástico, de cambiar tebeos en el quiosco y, los fines de semana,… del padre Feser.
En aquellos días no hubo nada que impidiese su reunión semanal con sus compañeros, con sus amigos, con los “Cruzados de Cristo Rey”. En aquel grupo, de la mano del jesuíta padre Feser, educador inmenso y excelente persona, veintitantos muchachos vivieron sorprendentemente convencidos aquellos primeros tiempos de la época postconciliar. Confesiones comunitarias, eucaristías en pequeño grupo y trabajo social. Algo nuevo y desconocido, sobre todo para ellos, pero encantador. Visitas a hospitales y asilos. Integración de pequeños marginados. Formación en doctrina cristiana. Actividades todas ellas en las que Luisito y Fernando participaban de forma generosa, pues aún no sabían (y no lo sabrán nunca) solicitar recompensa por su entrega.
Pero eso era poco. Para ellos eso no era nada. Simplemente era su compromiso de los sábados y domingos, algo normal.
No recordarán otra primavera como aquella del sesenta y ocho.
La actividad de las últimas semanas en el grupo de “cruzados” tenía un algo frenético que los niños no alcanzaban a entender. La comunidad jesuíta, representada en el padre Feser, se preocupaba de su formación y de sus reuniones con más interés. Un interés desconocido por los chavales. Algo pasaba y Luisito y Fernando sólo sabían que algo hacía que sus cuerpos estuvieran más inquietos que de costumbre y que algunos gusanillos hubieran hecho nido en sus estómagos. ¿Por qué sería?
Un sábado, después de la misa, sin previo aviso, todos los “cruzados” fueron conducidos a una sala que jamás antes habían visitado. En su interior, una organizada revolución de telas y ropas y cajas de cartón por cuyos bordes sobresalían las suelas de raras sandalias, todo repartido por la estancia sin aparentar orden concreto.
-¡A ver!- dijo el padre Feser. -¡Un poco de silencio! ¡Por favor!- insistía y volvía a insistir el paciente padre Feser. Pero la algarabía iba en aumento. Un susurro comenzó a recorrer las infantiles gargantas …-¡vamos a hacer un teatro!-... No había otra explicación. -¡Por favor, silencio!- insistió el padre. Y, cuando la calma parecía haberse asentado en el grupo, comenzó a explicar el porqué de todos aquellos ropajes. Había túnicas blancas, sandalias, y capas rojas. Todo era para salir en procesión, les dijo el sacerdote. ¡La Procesión de Ramos! ¡¡Iban a salir en la Procesión de Ramos!!
Ninguno de los dos amigos hubiera sospechado jamás que participaría en una procesión de Semana Santa. En la procesión de los niños. El Domingo de Ramos. La mañana del Domingo de Ramos. Ahora ya sabían la causa de la actividad desconocida. Ahora sabían por qué las reuniones de los últimos días habían tenido esa intensidad que, en aquellos momentos, habían sido incapaces de comprender. Les habían estado preparando para participar en la procesión. Habían hecho una catequesis especial para la Semana Santa.
En el revuelo de la sala, cada uno se probó y probó hasta dar con las prendas adecuadas. Una túnica corta, por la rodilla, de manga también corta, con una cruz roja cosida en el pecho. Una capa roja, también corta, abrochada en su cuello. Después lo sabrían: ¡la clámide púrpura! Y sandalias. Unas sandalias de tiras de cuero que ya habían sido utilizadas por otros “cruzados”, seguramente en otras procesiones, seguramente en otros Domingos de Ramos, seguramente en otras ciudades.
Un hatillo, una bolsa y a casa.
No fueron capaces de permanecer callados un solo momento en el regreso a casa. No podían hablar de otra cosa que no fuese esa procesión; ¡LA PROCESIÓN! ¿Dónde nos pondrán? ¿Iremos juntos? ¿Nos cansaremos? ¿Durará mucho? ¿Durará poco?...
Era un continuo ir y venir por las aceras camino de casa. Carreras, cruces, saltos, empujones, empellones… No podían estar quietos.
-¡Mamá, mamá! ¿A que no sabes qué? ¿A que no sabes qué? ¡Voy a salir en la procesión de los ramos! ¡El domingo! ¡El Domingo de Ramos!- No paró de decir Luisito nada más abrir la puerta, sin dejar siquiera que su madre le diera el beso de bienvenida. –¡Mira lo que me han dado! ¡Una túnica! ¡Y capa!- Luisito era incapaz de hacer una única cosa. Hablaba mientras deshacía el hatillo y se probaba al tiempo la clámide para mostrársela a su madre. Rebosaba ilusión por todo su pequeño cuerpo infantil.
Los siguientes, fueron unos días de intensidad desconocida. Todo el mundo en casa sabía que Luisito, Luis para su padre en momentos de seriedad, iba a salir en procesión. Todo el mundo en casa sabía que Fernando, Fernandito para la abuela, iba a salir en procesión. Todo el mundo en el colegio sabía que Luisito y Fernando, Santos y Oraá para sus compañeros, iban a salir en procesión. En su primera procesión. Y todos estaban gozosos.
Por fin llegó el Domingo. Luisito ya se había puesto de acuerdo con Fernando para ir juntos, como siempre, hasta el colegio de los jesuítas, de donde partirían después todos los “cruzados” en grupo hasta la catedral. Luisito se despertó y sólo pensaba en comenzar a vestirse su túnica y su capa. –¡Luisito!, ven a desayunar, que la mañana será larga- decía su madre sabiendo que él sólo estaba preocupado por mirar el reloj a la espera de que Fernando tocase el timbre. Al final, siguiendo ese orden tan difícil de alterar cuando una madre está pendiente, Luisito ya estaba lavado, peinado, había desayunado y, sobre todo, estaba vestido. ¡Vestido de “Cruzado de Cristo Rey”!
Llegó el momento. Sonó el timbre y en la puerta estaba Fernando. Estaba lavado, peinado, había desayunado y, sobre todo, estaba vestido. ¡Vestido de “Cruzado de Cristo Rey”! ¡Los dos “Cruzados de Cristo Rey”!
Al llegar al colegio ya sabían que tenían que ir directamente a la capilla. Debían participar en una Eucaristía todos juntos, todos los “cruzados”, antes de salir hacia la catedral. Debían ir inmaculados a la procesión no sólo por fuera. Tenían que comprender el sentido de lo que iban a hacer.
Después en la catedral, todos recogieron su palma y se colocaron en orden para el desfile. A partir de aquí, todo es una nube en el recuerdo. No hay caras ni gentes. No hay calles. No hay cansancio. Todo es un recuerdo intenso colmado de felicidad. Sin más, sin detalles. FELICIDAD. Habían participado en su primera procesión. Después vendrían otras muchas, pero como aquella primera…
Fue una intensa jornada.
Y, del final, del regreso a casa, cansados, con la palma ajada, sólo les quedó un recuerdo. Los dos, ambos, se vieron como Tarsicio, con la clámide abrazando su cuerpo y el Cuerpo de Cristo protegido en su interior.
Fue un día siete. Fue en abril.
No recordarán otra primavera como aquella del sesenta y ocho.

24 de julio de 2007

ILUSIÓN DE FUTURO

Los que me conocen pueden dar fe de ello.
No nací en Salamanca, pero me considero salmantino como si aquí hubiera nacido. Es más, seguramente por haberlo pacido cual toro de la puente, soy charro hasta la médula. Lígrimo. Soy barroco y recargado, no puedo evitarlo. No quiero evitarlo.
También, los mismos, pueden corroborar que mis tres pasiones vitales son: mi familia, mi trabajo y mi Semana Santa. De la primera estoy seguro. Convencidamente seguro. De las otras dos, no sabría bien decir si este orden que aquí adjudico sería el correcto. Al menos a temporadas, la permuta en sus posiciones viene lógica y claramente marcada por el calendario.
En lo que a esta bitácora interesa, la mayor de mis pasiones es la Pasión. A ella dedico mis pensamientos. En ella he vivido toda mi vida consciente. Por ella he sufrido. Me ha dolido. La he disfrutado. Con ella he amado. La he creído. Me ha creado.
Me veo incapaz de imaginar siquiera la posibilidad de una intención negativa hacia estos días sagrados, de fe y cultura. Ni por mí, ni por cualesquiera de los que en ella vivimos. Renunciaría antes de provocar perjuicio.
Siempre creí en nuestra Semana Santa. Creo en ella. Así, sin calificativos, sin comparaciones, ni mejor ni peor que otras. Tal cuál es. Tal cuál le hemos heredado. Tal cuál la hemos hecho. Y no creo que necesite más. Mas si viene algo nuevo, si bueno, sea bienvenido. Tenemos cuanto queremos. Así lo pienso y aquí lo digo.
Pero...
Seguimos insistiendo en convocar un concurso mediocre para la elección del cartel que nos ha de dar a conocer. Seguimos contando con pregoneros de escasa talla, seleccionados más por criterios paralelos que por su valía y renombre en el mundo cofrade. Seguimos realizando un cine-fórum ambientado con proyecciones clásicas pero desfasadas, ni siquiera en acetato sino en vulgares cintas magnéticas, exitosas ciertamente entre ancianos desocupados. Limitamos la cultura musical a un concierto-recital de una banda de música de provincias, de calidad discutible y con repertorio manido, pues aun las novedades son... más de los mismo. Editamos una revista de escaso valor e interés, en la que apenas se ven representados ni el mundo de la cultura religiosa ni el de la Semana Santa salmantina actuales. Creo que merecemos algo más.
Nuestra Semana Santa es la que es, pero somos nosotros los que debemos aspirar a metas mejores. Tenemos recursos y, porque se lo debemos a quienes los generan, debemos utilizarlos aprovechándolos hasta su extremo.
Siempre he creído, y quienes me conocen así lo confirmarán, que la Junta de Cofradías tiene una función que se debería suponer diáfana. No creo que sea su misión organizar procesiones (aunque así figure en sus estatutos), ni repartir "limosnas" entre las Cofradías, ni intervenir en los actos que se le pueden y deben suponer ajenos, ni siquiera -incluso- elaborar turnos de restauración, ni, por supuesto (y valga sólo como detalle anecdótico), ser la responsable física, en la figura de su presidente, de colgar nada en las balconadas de la plaza (que no veo yo a mi alcalde subiéndose a la espadaña a picar la Mariseca el día de Santiago). Creo que la Junta de Semana Santa, nuestra Junta de Semana Santa, debería situarse en un plano superior. Creo que la Junta de Semana Santa debería ser nuestro espejo hacia el exterior, nuestra máxima representación allende fronteras, respetable y respetada. Y qué mejor que dejarse conocer por sus hechos, amén de sus personas. A estos últimos no seré yo, ahora, quien los juzgue, pero los hechos... Programas coherentes y continuados con conciertos de música sacra con conjuntos músicos o vocales de categoría, representaciones de obras clásicas por grupos reconocidos, pregoneros de enjundia, cartelería pensada para cumplir una función, exposiciones y conferencias, por supuesto participación y realce hasta el máximo esplendor para todos y cada uno de los actos litúrgicos y mucha labor de diplomacia exterior...
Todo esto supone trabajo, pero sé que hay personas dispuestas a trabajar. Todo esto supone dinero, pero habrá que convencer a las Cofradías de que la renuncia a una mísera ración individual puede suponer un más elevado beneficio final y, por supuesto, buscar nuevas subvenciones. Todo esto supone tiempo, pues ¡ahora!, que aún no es tarde para comenzar. Seguramente, los componentes de la Junta de Cofradías, tal como me ocurre a mí y nos ocurre a muchos, no se vean capacitados para seleccionar, organizar y contratar este tipo de actividades, pero no dudo de la existencia de auténticos especialistas, dentro incluso de nuestras cofradías, que solucionarían este inconveniente de forma sobresaliente. Es, creo, la forma de alcanzar verdaderamente esa internacionalidad turística que ahora reside poco más allá de nuestras monumentales piedras. Que las cofradías guarden el protagonismo que les corresponde para su momento penitencial y colaboren en esta causa común aportando su grano de arena. Simplemente dejándose guiar, apartando inútiles competiciones de actos y actividades a cual más simple y de escaso calado. Sacrificando la cantidad en beneficio de la calidad.
Seguramente es una entelequia. Quizá mi sueño se haya equivocado de diario y no sea sino humo de colores en una chimenea durmiente. Posiblemente me equivoco y debamos dejar todo como está.
Pero, insisto, aun queriendo a mi Semana Santa, aun amándola tal cuál es, creo que se puede mejorar. Creo que se debe mejorar. Creo que podemos y debemos.
Es mi ilusión.

23 de julio de 2007

ILUSIÓN DE MADUREZ

¡Cuánta razón tienen los que me quieren!
Existen momentos en los que parece que el mundo se te viene encima y la única respuesta que encuentras es la de encogerte de hombros y dejar que pase el temporal. Parece que te haces cada vez más pequeño y que ese estado menguante te muestra más vulnerable al mundo exterior. Es en esos momentos en los que cedes ante el vocerío ajeno y renuncias a continuar, no por pérdida de interés, sino por no querer nivelarte con unos raseros que jamás sospechaste cercanos.
Hay veces, muchas veces, que en nuestra Semana Santa lo que parece ser más válido es lo que es defendido con más ardor, sin tenerse en cuenta si los argumentos son los más adecuados, o incluso si estos argumentos pueden ser defendidos de forma razonada. La capacidad de imponer criterios basada en la defensa motivada de nuestros argumentos pasa obligatoriamente, además, por poseer un buen chiflo, pues el ser capaz de aturdir a los demás con estridencias sin sentido se acepta como uno de los mejores argumentos.
No he pasado, o al menos no lo pretendí si lo hice, por ser persona de tonos elevados o defensor de causas sin aportar razones. Aun considerando que, por su simplicidad, la razón de la fuerza es una capacidad accesible a casi todo ser humano, jamás la tuve por propia y siempre he creído que se tiene más capacidad de convicción con el ejercicio de la razón. Pero esto, en nuestra Semana Santa, hay veces que no es sino un imposible.
Es cierto que somos muchos, seguramente cada vez más, los que defendemos nuestras causas sin aspavientos ni alharacas, pero aún seguimos en minoría. Es cierto que somos muchos los que pretendemos que, por la vía del convencimiento, los no adheridos a esta causa vean su eficacia y vayan, poco a poco, asumiéndola como propia. Pero esta Semana Santa nuestra, es una Semana Santa de blancos y negros, de intransigencia secular, de rencores eternos y venganzas prontas, que no admite la templanza sino como muestra de debilidad y en la que los moderados serán acusados siempre de no abrazar las causas con el ardor que se les debería suponer. Porque, aun manso, uno se tiene que defender en tablas y al menos aparentar fiereza a costa de que se adivine la querencia. Si no, serás un blando incapaz de ponerte con claridad a uno u otro lado.
Con todo esto en mi derredor, hay momentos en los que la decepción es más fuerte que las ilusiones y me hace ver las cosas a través de oscuros vidrios. Pero no deja de ser algo pasajero que, gracias a muchos, incluso sin ellos saberlo, queda pronto arrinconado para seguir sintiendo el estímulo de los optimistas.
¡Cuánta razón tienen los que me quieren!
A pesar de todo, quiero dejar constancia de que es más, mucho más, todo aquello que tiene capacidad de ilusionarme que todo lo demás, condicionado negativamente por unos pocos. Quiero que se sepa que aunque posiblemente ya no tenga la inocente ilusión de juventud, que algunos intentan aparentar aun a costa de ridiculizarse, mantengo una inmensa fe en los que sí que pueden defender su ilusión con jóvenes razones.




Quiero que se sepa que somos muchos los que defendemos una causa joven en la que, aun reconociendo la necesidad de la experiencia, son importantes las razones. No es la edad el único baluarte de los faltos de ideas, por supuesto, aunque muchos se agazapan en su interior. No es la juventud sinónimo de vitalismo renovador y de nuevos argumentos, pero tampoco debemos menospreciar a los que con más que sobrada capacidad muestran como único defecto el de de su "corta" edad. Es, en definitiva, la razón de la juventud de la razón. ¿Por qué no dejar que nos muestren todo lo que tienen para enseñarnos?
Es cierto. Lo habéis dicho. Nunca es tarde para dejarse atrapar. Jamás se debe renunciar a la belleza de lo que amamos. No dejaré que "lo otro" me tome al asalto sin oponer resistencia. Defenderé mi ilusión con la fuerza de la razón. Intentaré ilusionar a mis hijos y que ellos sean capaces de transmitirse a los demás. Y les enseñaré cómo el anaranjado puede mostrarnos muchas bellezas cuando se encuentra con las calles salmantinas en amaneceres únicos. Y los disfrutaré. Y los disfrutaremos. Y será Semana Santa. Y, de nuevo, será Viernes Santo.
Quiero que se sepa que no renuncio a mi ilusión madura. Que no renuncio a mi convencimiento. Que no renuncio a mi convicción. Que tropecé y tropezaré muchas veces. Que muchos pondrán piedras en el camino. Pero que siempre intentaré levantarme y seguir. Con ilusión. Y siempre habrá alguien dispuesto a darme la mano para ayudarme. Y, por qué no, será joven y tendrá razones.
No perdí la ilusión. Me la habían escondido.

20 de julio de 2007

ILUSIÓN DE JUVENTUD

Conozco buena gente que, gracias a su juventud, son capaces de ver la vida con la ilusión que algunos, a los que casi se nos empezaron a caer los dientes y comenzamos a tener los colmillos cada día más retorcidos, perdimos hace tiempo.

Sé que esa ilusión es contagiosa y que, cuando se está en equipo, se multiplica por mucho más de lo que es su valor individual.

Comprendo, aunque no comparto, que a algunos de los que ya perdieron muchos trenes a pesar de que pasaron por delante de sus puertas, y desde su palestra de la edad, les disguste esta efervescencia de savia joven.

Reconozco que ellos, esa juventud repleta de las ganas que otorga la ilusión, se ven con más capacidades de las que, seguramente, puedan tener. Y que los demás siempre verán a los mismos como presuntuosos inconscientes a los que les falta la experiencia.

Yo también fui joven y tuve ilusiones y creí que mis ideas eran no sólo originales, sino las mejores, aunque los demás las minusvaloraran sin acercarse siquiera a conocer su contenido.

También, con la pujanza de mi juventud, formé equipo para intentar multiplicar mis ilusiones con el factor potenciador de las ilusiones de otros, también jóvenes.

Fueron magníficos días en los que el anaranjado de los amaneceres sobre la torre catedralicia o la cúpula de la Clerecía o los arcos de la Plaza, sólo era capaz de apreciarlo en la posterioridad del sofá y a través de la pantalla. Pues el auténtico momento en que Salamanca comenzaba a desperezar sus piedras para saludar al Día de los Días de la Pasión, yo siempre tenía la vista perdida entre llamas y capirotes, con la ilusión de que el esfuerzo fuera apreciado desde fuera sin que se notara su existencia. Con el compromiso de hacer bien las cosas para contribuir a la ilusión colectiva. Para poder multiplicar la ilusión.

Fueron magníficos días en los que la complicidad nos permitía ponernos, a veces, el mundo por montera y soñar imposibles, plasmando su posibilidad en torno a una mesa. Todos, sin excepción, con la ilusión compartida de la juventud de los primeros tiempos.

Fueron días de una amistad que perdura. De ...aquí estoy yo para lo que me necesites, hermano. De unos imborrables recuerdos forjados en la unidad de la idea común nacida de nuestra ilusión.

Desgraciadamente, la eternidad es un intangible cuya medida es imposible en esta vida. No es sólo que no haya nada terrenal eterno, sino que todo tiene su caducidad temporal más o menos próxima. Y, a nosotros nos llegó la nuestra. Poco a poco se perdían juventud e ilusiones. Y cada ilusión perdida era un divisor que nos hacía ver mucho menores las ilusiones de los demás. ¡Estábamos perdiendo la unidad! ¡Se rompía el equipo!

Poco a poco la desgana fué acampando entre nosotros con una asiduidad cada vez mayor. Poco a poco los sólidos lazos que habíamos creado entre nosotros se iban haciendo más laxos, permitiendo distancias, tensiones, envidias, malas caras. Habíamos perdido la ilusión, y la rutina se apoderaba poco a poco de nuestra actividad. Ahora nuestras ideas, aquellas imposibles forjadas alrededor de la mesa, eran pasto de las llamas de un fuego que comenzaba a ser inextinguible. Ahora, aquellas ideas ya no eran mías, ni nuestras, pues no eran siquiera aceptables.

Y, así, poco a poco, veía que se me iban de las manos los anaranjados amaneceres de Viernes Santo.

Poco a poco, la desidia, fiel compañera de la rutina, hizo que fueramos abandonando todas las ilusiones puestas en el principio. Seguramente estábamos comenzando a perder la juventud. Seguramente comenzábamos a vernos ya con la decrepitud de los que minusvaloran las ilusiones de los jóvenes.

Y así, hasta hoy.

Quisiera que esa gente joven que conozco, que ahora empieza con ilusión el camino que otros ya hemos recorrido, no perdiera nunca las ganas de trabajar por una causa. Que no perdiera nunca la ilusión por los imposibles. Que no ceda ante avatares y mantengan la unidad de la amistad. Que no se dejen cegar por cantos vacuos de sirena y oropeles que les serán ofrecidos de forma tentadora. Que sigan así, pero que recuerden que no hay nada eterno. Que todo es caduco, y que dependerá de ellos alargar todo lo posible esa fecha de extinción.

Para mí ya es tarde, pero me gustaría que otros no tropezasen en mis piedras. Intentaré que otros no tropiecen en mis piedras.

Por la ilusión que perdí.

11 de julio de 2007

ACTIVIDAD


Ahora que por fin parece que hemos despedido a esa primavera casi invernal que nos acompañó durante nuestra Semana Santa y que a más de uno obligó a estar colgado del auricular, escuchando noticias poco alentadoras sobre la climatología salmantina contadas desde quién sabe donde. Ahora, digo, todo está en calma, como dormido, con la quiescencia estival que parece obligarnos a una siesta casi continuada, pueril o senil, pero siesta.

Será, quizá, por algún tipo de deformación adquirido durante los muchos años de vida cofrade, pero en estos momentos en que un maremágnum de actividades bulle en mi entorno personal, haciendo que apenas tenga tiempo para nada más, echo de menos alguna actividad cofrade, de esas con las que algunos llenan su boca en las vísperas de la cuaresma y que en esos momentos parecerían ocupar todo el año, litúrgico y administrativo. Seguramente me equivoco en mis afirmaciones, pues mi conocimiento detallado de todas y cada una de las cofradías salmantinas y de sus cofrades es, cuanto menos, escaso si no mínimo, pero atreviéndome a generalizar lo que veo en aquéllos cofrades que conozco, podría decir que no es éste el mejor momento para "catequesis callejeras".

Las últimas "actividades" cofrades en las que he participado han venido motivadas por hechos desgraciadamente luctuosos. En el último de ellos, la Semana Santa despedía a uno de sus cofrades más "clásicos", cofrade comprometido y excelente persona, quien había fallecido días antes. Lo hacíamos en la Casa de la Iglesia. Lo hacíamos convocados por el máximo órgano cofrade. Era una eucaristía, la celebración permanente de la Pascua de la que los cofrades se arrogan pregoneros. Nos había invitado a celebrarla con él el propio Vicario General diocesano. Sin embargo, sólo vi a los de siempre. A esos que verdaderamente participan del Misterio todo el año. A muchos de los denostados por nosotros cuando queremos sentirnos protagonistas. A esa camarilla de dirigentes o directivos (no se muy bien cuál de los dos términos les casa mejor, pues una cosa es poder y otra saber) que llevan toda la vida. Lo cortés no quita lo valiente.

No vi a nadie más. No estaba ninguno de esos que abogan por la actividad cofrade permanente. Y si yo alcancé a enterarme, desde mi abandonada lejanía, muchos de ellos habrían tenido la misma oportunidad, pues utilizamos los mismos canales.

Ahora, que el canto de la cigarra aturde nuestros oídos empujándolos a esa siesta casi permanente; ahora que el calor estival provoca en nosotros la galbana que nos frena en el mantenimiento de nuestro compromiso cofrade. Ahora, digo, las puertas de las casas de hermandad están cerradas, pero las de la Casa de la Iglesia, las de la casa de todos, las de la Iglesia, están abiertas para nosotros de par en par. Y, sin embargo, somos incapaces de franquearlas para un acto cofrade. ¡Lástima!