
Tengo un amigo, cofrade heterodoxo aunque amante de la Semana Santa desde su niñez, que siempre que puede me dice lo mismo: "La Semana Santa de Salamanca está en malas manos o, al menos, en manos equivocadas".
Este amigo mío, como digo, es cofrade de toda la vida, lo cual le viene de casta. Sabe ser reflexivo cuando quiere y, sobre todo, suele exprimir, de forma monocorde y hasta la obsesión, una idea o pensamiento.
Pues, este cofrade salmantino amigo mío, piensa que nuestra Semana Santa debería estar en manos (o en mentes) que el dice "de privilegio". Esto es, personas con estudios y cultura (de la que el tiene más de lo que sospecha), capaces de dirigir al resto simplemente por su condición académica "superior". El cree que los dirigentes de la Semana Santa no pueden ni deben ser personas del pueblo llano, obreros o jóvenes que, según él, insisto, carezcan de la adecuada preparación e, incluso, presencia física como representantes de un colectivo tan importante como el de los cofrades salmantinos. Siempre que puede, me dice que hay que renovar a los que están dirigiendo las cofradías. No porque no lo hagan bien, ni mal, sino porque deben ser "los de nivel" los que ocupen esos cargos.
Este amigo mío sabe que no soy de su opinión y que, aunque me cueste hacérselo entender, se lo argumento y argumentaré hasta el final (ad aeternum poniéndome más pedante de lo que aún soy). Sólo hay que recurrir a la historia de la Semana Santa y de las cofradías, desde sus origenes, para saber que es él quien se equivoca. Desde siempre (ab initio, más pedantemente) fueron los gremios artesanos o de trabajos varios los que se preocuparon por la atención hacia sus semejantes, creando agrupaciones que derivarían en cofradías para mejor atender a este interés común. De todos es sabido que sus ideales se centraban en la atención directa hacia sus semejantes y que esto derivó, siguiendo distintas intenciones, hasta la catequización popular expresada en las procesiones penitenciales. Seguramente, el camino que hubo de recorrerse no fuese sencillo, ni corto, pero, lo que si es meridianamente claro es que de forma casi exclusiva, siempre estuvo en manos de gente sencilla, con interés en el fin más que en la forma, sin necesidad de sentirse reconocidos ni admirados. Gentes, en fin, con un corazón dedicado al servicio hacia los demás, sin otros miramientos.
Y creo que este es el fundamental de los motivos por los que las cofradías han perdurado a través de los siglos. La igualdad sin discriminación, la aceptación de cualquiera que se sintiese cercano a los fines cofrades sin tener en cuenta su posición en la sociedad.
Seguramente, si las cofradías hubiesen sido obligadas a ser dirigidas por elementos sociales relevantes, los distintos y numerosos intereses, ajenos todos ellos a los fundamentales de las cofradías, habrían supuesto la desaparición de la mayoría de ellas. De hecho, apenas quedan recuerdos de las escasas cofradías creadas por y para las elites sociales o culturales.
En la actualidad, nuestras cofradías son herederas de ese espíritu que se mantiene desde siempre. Siguen sin tener en cuenta el origen y trayectoria de sus integrantes, salvo lo tocante a las exigencias básicas de pertenencia a las mismas. Y no se exige relevancia académica o cultural ninguna para pertenecer a las juntas directivas; y esto es bueno, pues se permite la participación de todos los cofrades en igualdad de condiciones. Y se demuestra, como se ha hecho durante siglos, que la capacidad no está en función del nivel de estudios, sino del nivel personal de cada uno de los cofrades. Pues la cultura cofrade es algo que no se adquiere en academias sino con la tradición y en el día a día, aunque tampoco estaría mal que muchos de nosotros pasásemos por cursos de formación y actualización cofrade.
Entre los dirigentes de nuestras cofradías los hay buenos, mediocres y malos, pero en ningún caso esta calificación les viene dada por su condición cultural, social o laboral.
Yo creo que es bueno aprovechar todo lo bueno de cada persona y, si es por los conocimientos debidos a sus estudios, ¡adelante!, pero si es por condición innata o de adquisición autodidacta, sin que para ello intervenga el criterio del paso por las distintas escuelas, pues ¡adelante! también.
Existen personas maravillosas en la semana santa salmantina. Tengo magníficos amigos en la semana santa salmantina. También tendré algunos excelentes enemigos, por supuesto. Pero, lo que sé con certeza es que ninguno de nosotros tuvo que pasar una reválida para el acceso a una cofradía y que todos tenemos valores más que apreciables.
No sé si mis argumentos, usados aquí de igual forma que con mi amigo, improvisados y a vuelapluma del recuerdo, convencerán a quienes esto lean, pero lo que si sé, y con certeza, es que existen excelentes dirigentes, con una dedicación admirable a sus cofradías, sin necesidad de demostrar rangos académicos como aval. Lo que sí sé, y con certeza, es que existen excelentes cofrades en nuestra semana santa que día a día demuestran mucho más de lo que podrían demostrar muchos de aquellos que presumen de títulos y diplomas.
Creo que mi amigo se equivoca. Ni a él ni a mí nos examinaron nunca para ingresar en una cofradía y los dos hemos dejado parte de nuestras vidas en ellas. Como muchos otros. Como todos.
Estoy seguro de que mi amigo se equivoca y de que es bueno que las cofradías sean como son, sin más requisitos de pertenencia que la caridad cristiana y la buena fe. Con ello se consigue que excelentes personas estén entre nosotros y que, además, puedan demostrar su capacidad de dirección, organización y trabajo. Pues no hay diploma que avale a un buen cofrade. Eso va implícito en todos nosotros. Se supone. ¿O no?
