...Del Principio y De Mi Principio...

Quiero dejar en el aire un grito solitario que se perderá en el vacío virtual sin alcanzar ningún oído. O quizá sí alcance a algunos que, compartiendo o no mis reflexiones, se sientan estimulados por mis palabras y comiencen a construir desde lo que tenemos, desde nuestra Semana Santa, así, global, sin parcelas, sin cofradías ni cofrades que se “sientan” los mejores, pues... mi intención es hacer ver a todos los que me escuchen que TODOS somos los mejores.

31 de octubre de 2007

SANTOS DIFUNTOS


Desde hace mucho tiempo, vivo estos últimos días del otoñal octubre con un sentimiento especial. Bueno, debería decir dos sentimientos, pues, conforme pasan los años y veo cada vez más lejanos muchos recuerdos, son éstos, días de sentida añoranza hacia los que nos dejaron, que aumentan a la par que la edad y las arrugas.


Una marca especial es la que, desde siempre, desde mi más lejana infancia, me ha dejado el Santo Negro, "El Santito" (como siempre fue llamado en casa), San Martín de Porres. Es una impronta especial. Un sentimiento cómplice hacia él y hacia su misterio. Pues su vida de leyenda siempre tuvo para mí un no sé qué misterioso que me hacía verlo como alguien familiar pero lejano.


Siempre hubo por casa reliquias del santo; recortes de ropajes que, si se recompusieran, podrían haberme servido para confeccionar el mejor de los hábitos dominicanos que nunca hubiera podido soñar. Pero jamás osé sacarlos de la carterita que los custodiaba, junto a la imagen del santo, para tocarlos. Sería como faltarle al respeto, como paganizar el pequeño pedazo de tela santificada. Pero siempre que tenía ocasión los miraba fijamente, con admiración hacia aquel santo, negro y americano (¡qué lejos quedaba a los ojos de un chaval provinciano!) del que conocía la vida como si la hubiera tenido que estudiar. Pero esa vida no era objeto de los libritos de Historia Sagrada que leí en aquellos tiempos. No. Fue una pasión heredada. Mamada junto a la leche materna, podría decirse, pues de una madre lo que mejor se aprende es lo mamado. Y fué ella la que me imbuyó todo su amor por el Santito.


Aún hoy, todos los noviembres sigo fiel a San Martín y le visito, para charlar de nuestros recuerdos, en su capilla de San Esteban. Y nos felicitamos mutuamente por haber alcanzado un año más. Y comentamos, como cada tres de noviembre, aquella película (¡del 61!) en la que René Muñoz recreaba el amor que irradiaba Martín, con la escoba que le sirvió de báculo durante toda su vida, haciendo comer en el mismo plato a perro, gato, paloma y ratón. Sé que me espera y yo aguardo al día para volver a reunirnos.

Decía, también, tener otro sentimiento en estos días. Sentimiento más cercano, humano y compartido con muchos de quienes me visitan en esta virtualidad.

En este tiempo, en que la tradición nos hace recordar a nuestros difuntos, cuando aprovechamos la festividad del día dedicado a los Santos anónimos para recordar a nuestros santos familiares, de manera cada vez más íntimamente intensa recuerdo a muchos amigos, cofrades que se me agolpan para que, al menos este día, mantenga vivo su recuerdo y sea testimonio de su paso por nuestra Semana Santa. El transcurso inexorable del tiempo provoca que los rememorados sean cada vez más, que mis recuerdos sean cada vez más y que las canas sean también abundantes. Pero, es lo que tiene acumular años, que siempre vienen cargados de sueños y recuerdos.

Sólo quiero que se sepa que desde aquí, desde esta atalaya en la que me encuentro, hubo en mi vida cofrade muchos amigos a los que siempre tendré que agradecer haberme dedicado unos minutos, haber compartido unas sonrisas, haber vivido unos momentos... Son muchos los que han dejado una huella en mi alma cofrade. Seguro que ahora no soy capaz de recordar a todos y cada uno de ellos, por eso quiero en este día de los Santos desconocidos, de los Santos olvidados, de los que, aun sin saberlo, dejaron su marca en cada uno de nosotros, dedicarles un instante, para agradecerles todo lo que hicieron en su paso por aquí.

La memoria, mi memoria, siempre selectiva, mantiene vivos nombres que, ahora que están ahí, no quiero dejar en mi olvido compartido. Son nombres de cofrades, de personas que han disfrutado conmigo esta pasión, de amigos con los que he vivido. Y no puedo, no debo dejarlos a un lado. Quiero que sean recordados. Y quiero hacerlo por sus nombres cofrades, por los que fueron conocidos entre nosotros.

"Carlitos Gazol". El mejor abanderado que tuvo y tendrá la Semana Santa salmantina. Jamás le conocí un enemigo y su sonrisa, que pocas veces desaparecía de su cara, era la de un hombre feliz.

"Javi Pimpun". Buena persona en este mundo de lobos. Dió todo lo que tenía por su hermandad y seguro que en algún momento se le reconocerá.

"Ángel el fontanero". Con él compartí momentos inolvidables. ¿Quién no compartió momentos con Ángel?

"Pepe Casado". Longevo Hermano Mayor. Mi hermano Mayor. Prudente y buena gente. Siempre recordaré su sonrisa.

"Agustín del Via Crucis". También Hermano Mayor. También amigo. También compañero.
"Nacho Canal". El último amigo que se ha marchado. Hombre santo, cofrade y persona. Muchos le echamos en falta.

Otros serán quizá menos conocidos, más entrados en círculos íntimos, pero también cofrades, también hermanos. No es mi memoria el mejor almacén de recuerdos con nombre propio, pero aún soy capaz de traer a Manolo (el de la Mercedes), a Ángel (el guardia), a Puri, a Cristina, a Chuchi, a Óscar, a Ricardo... Creo que se me agota la lista nominal, pero de los demás sé que están ahí, que serán recordados siempre por alguno de nosotros, por algún cofrade. Santos cofrades. Santos difuntos.

12 de octubre de 2007

LA MANO NEGRA

Cuando aquél día de la primavera de 1883 era ajusticiado Pedro Corbacho, muchos vieron satisfechos sus anhelos de venganza. Era el fin de la Mano Negra. Se hacía justicia.

¿Se hacía justicia?
De la Mano Negra nunca fue constatada su existencia. Aun así, la posibilidad de poder descargar conciencias sobre “los otros” era algo difícil de ser rechazado. Pero jamás pasó de ser un rumor, que creció y creció gracias a vientos favorables, pero carente de la más mínima solidez. Y este rumor fue capaz de, por si solo, llevar a prisión a más de cinco mil personas. Esta falacia consiguió que Pedro Corbacho perdiese su vida por mor de una injusta sentencia. La tensión social debida a la escasez de las cosechas permitió que el símbolo de la mano negra circulase por Cádiz como reguero de pólvora, favoreciendo los intereses de unos cuantos que, casi con seguridad, fueron los auténticos artífices de esta entelequia. Lo lograron y se beneficiaron con ello. Pero los pobres campesinos de esas tierras de sol y vid, olvidaron los fandangos y tanguillos para sufrir en sus propias carnes la consecuencia de la mentira. Y Pedro Corbacho, murió.
Sirva esta personal interpretación de las decimonónicas revoluciones campesinas para aplicarnos la moraleja.
Muchos cofrades salmantinos creen que la Mano Negra sigue actuando. Que ha transportado su espíritu hasta estas tierras leonesas tan enamoradas del sur donde nació, y se ha introducido en algunos de nuestros hermanos cofrades, dirigentes o no, permitiéndonos hacer de ellos sospechosos de todo lo que se nos representa como contrario a nuestros intereses; dejándonos el terreno despejado para que, sin dolor de conciencia, podamos ensañarnos con ellos como si de trapo fueran. Sé que es duro y difícil ser ecuánime cuando, esto también es cierto, algunos de estos sospechosos han tenido actuaciones más que criticables en su personalismo directivo. Pero no siempre es así y no todos los burros comen del mismo pienso.
Seguramente la Mano Negra existió para algunos, quienes fueron capaces de perpetrar fechorías amparados por la aparición de la “organización”. Fueron esos y sólo esos, los merecedores de la acción de la justicia, pero ésta fue, seguramente por facilidad y guiada por intereses muy particulares, contra quienes nada tuvieron que ver en el asunto, quedando impunes los primeros.
Seguramente, algunos de quienes dirigen nuestra Semana Santa han actuado de forma cuestionable más de una y de dos veces, pero de ahí a pensar en la existencia de una Mano Negra media un abismo.
Creo que la Mano Negra no existe. Creo que hay actuaciones equivocadas pero que no debemos disparar a todo lo que se mueve sin antes interesarnos por el conocimiento de la verdad. Creo que no es bueno generalizar sólo porque así se ven cumplidos nuestros intereses de crítica y venganza, alimentados por rumores variopintos e interesados. Creo que no todos son blancos ni negros. Creo que hay muchos grises con infinitas tonalidades; que todos somos más o menos grises y que todos, en algún momento, hemos querido imponer nuestro criterio por encima de la razón y de los demás, dándo pábulo a rumores interesados. Equivocadamente. Creo que todos soportamos nuestro pedacito de cruz y debemos resignarnos a ello.
No veamos manos negras donde lo único que hay son personas que se equivocan. No hagamos de pequeñeces, auténticas revoluciones que nos conduzcan a peores estados.
Ruego por que seamos capaces de comprender, sin aprovechar nuestras situaciones y condiciones para descargar toda nuestra inquina en “los otros”. Olvidémonos de manos negras, aunque a veces parezcan estar ahí.

¡No volvamos a ejecutar a Pedro Corbacho en su segura inocencia!

7 de octubre de 2007

ROSARIO

Seguro que cuando Santo Domingo recibió el rosario de manos de la Santísima Virgen, aun imaginando el futuro que esperaba a esta oración, no tenía previsto todo lo que aconteció posteriormente.
Seguro que cuando San Pío V fue iluminado por la Virgen para la institución litúrgica del Santísimo Rosario, no se imaginaba la trascendencia de su decisión. O quizá debiera decir las trascendencias, pues son varios los argumentos posibles que me rondan la cabeza y todos ellos relacionados con esta fiesta que hoy celebramos y con gentes muy cercanas a mí y a Nuestra Señora, la del Rosario.


De siempre he sentido una especial admiración por esta advocación religiosa y por cómo los frailes de la orden fundada por Santo Domingo han mantenido y defendido su espíritu a lo largo de más de ocho siglos.


Seguro que a Domingo de Guzmán, si le hubiéramos hablado de costales, habría pensado en sabe dios qué cosa, pero diferente con certeza de lo que se nos viene a nosotros a la cabeza cuando oímos esta palabra. Pero no le daría importancia.


Y hoy, en el acto principal de esta celebración, durante la Misa a ella dedicada, el oficiante en su homilía ha dado un toque que, a más de uno, debería haber removido la conciencia. Nos ha dejado por su boca las palabras de un General de la Orden de Predicadores. Sabias palabras que partiendo de la premisa de contemplar el rezo del rosario como algo rutinario, como una sarta de jaculatorias y letanías relatadas de forma inconsciente, nos conducen hasta considerar a éstas como si fueran la propia respiración. Son actividades que se hacen sin más, sin reflexión, inconscientes, pero imprescindibles para la vida. Y una vida que, como ya he dicho, dura más de ochocientos años. Una vida, la del rosario, que refleja casi por completo el evangelio (como nuestra Semana Santa) con todo su sentido y loa a la Virgen con frases que no por repetidas dejan de ser auténticas maravillas.


Y yo hoy, la he tenido más presente que el resto de los días, que ya lo es, y mucho. Pues compartir, aunque sólo sea el quehacer diario, sin estridencias, sin condiciones, aceptándonos tal como somos, es tanto al final, que perdemos la referencia y convertimos eso tan especial en parte de nosotros mismos, olvidándonos de que quien tanto comparte debe renunciar a mucho más de lo que imaginamos.


Hoy quiero que estas letanías de alabanza a la Reina de los Cielos sean algo más que simples jaculatorias recitadas sin sentido. Quiero que todas y cada una de ellas alcancen su destino con la consciencia de que son recitadas con todos los sentidos. Pues cuando son revisadas con atención, alcanzan a ser pura poesía. Quiero que esas letanías marianas lleguen al destino que todos y cada uno de nosotros tiene previsto para ellas. Y el mío es claro.


Seguro que Domingo de Guzmán, quien no sabía de costales, habrá sentido esta jornada como única. Y, sin pasar lista, pues no es ese su cometido, agradecerá como merecen a todos los que de esta fiesta han participado.


Somos cofrades. Formamos una cofradía diferente, exclusiva y consistente. Hemos alcanzado un momento en el que esta cofradía está tan asentada como si llevase siglos sobre la faz de la tierra. La unión fraterna ha llegado a tal grado que ha dejado de ser tal para convertirse en lo que siempre hemos querido: un verdadero matrimonio. Un matrimonio cofrade. Sigamos manteniéndolo.


Y hoy, como todos los años, he recordado mi llegada a estas tierras.


Y cofrades salmantinos, devotos de esta imagen, la han portado por su Claustro de Procesiones.


¡Me alegro!

4 de octubre de 2007

RENOVADORA RUTINA


Se me hace duro entrar cada mañana en estas páginas y comprobar que nada ha cambiado, que es lo mismo que ayer y que anteayer y que...

Se me hace duro querer escribir y no encontrar qué decir.

Se me hace duro mantener un ritmo de bitácora cuando los momentos no son apropiados, pues la distancia en tiempo y espacio me aproximan más a lo inmediato y mi "pasión" queda en lontananza.

Aun así, todas las mañanas entro en estas páginas para comprobar lo inevitable y además, aprovecho para visitar a los amigos, conocidos y desconocidos, que, como yo, seguro que también se topan cada mañana con esta cruda realidad. Con su cruda realidad. Pues no es fácil mantener constancia en este compromiso. Y estas visitas, carentes en su mayoría de resultados, me sirven para mantener un estimulante vínculo, para sentir que estamos ahí aunque no renovemos contenidos con la frecuencia que deseamos. Nos sentimos cercanos y participamos de una complicidad que resultaría ridícula si no fuésemos un elemento más del conjunto.

Por eso, hoy, casi con el cambio de calendario, me he propuesto escribir aun a costa de no decir nada. Sólo por la satisfacción de ver algo nuevo, cuando mañana cumpla el ritual de visitar mi bitácora. Sé que es pueril, pero estaré expectante por el cambio. Porque sé que esto me ayuda a mantener contacto con lo intangible, con lo desconocido, con lo virtual.

Y, sin embargo, a pesar de todo, siempre podemos encontrar algo que decir. Algo por lo que hacer que esta rutina sin ritmo se muestre útil.

Decir del pasado o del futuro, pero siempre algo que decir.

Decir que en lo próximo, terminan ciclos, de rosario y luz, de alegría y resignación para muchos de los que participamos. Luz que ha permitido el contacto cofrade con la disculpa de la imagen. Rosario que demostrará la unión por encima de todo, a pesar de pareceres.

Decir que hoy comienza un ciclo. Sesiones periódicas que harán de sus participantes, personas que puedan vivir el espíritu cofrade de forma más profunda, sin tener por ello que abandonar nuestra tradición.

Y, hablando de tradición,... tengo que insistir. ¡No volvamos a errores de un pasado tan presente!

Creo que las tradiciones no son buenas si ostentan como único argumento en su favor el de su perdurabilidad temporal. Creo que hay momentos en los que una tradición se asienta en el inmovilismo y deja de ser tradición para convertirse en yugo esclavizador. Creo que hay tradiciones que, llegado el momento, pierden todo su sentido y se transforman en elementos de distorsión y enfrentamiento.
Para poder construir es inevitable la destrucción. Y, de tener que romper, carguemos contra lo obsoleto, contra lo que ha cerrado su ciclo. Sé que es más cómodo permanecer en la cálida y segura quietud de lo conocido, pero, de vez en cuando, deben surgir revoluciones, movimientos que, luchando contra tradiciones incómodas y anacrónicas, posibiliten la expansión de las ramas tiernas que buscan propio acomodo alrededor del tronco materno. Corrientes que limpien las auténticas tradiciones de plastones y repintes a los que el paso del tiempo confirió condición de tradición sin ser merecedores de ello. Cofrades disconformes con lo establecido que, desde su compromiso con la auténtica tradición, no tengan que solicitar permiso para ser ellos mismos.

Debemos no sólo permitir, sino exigir, que se restauren las verdaderas tradiciones y se limpien de obsolescencia, para que resplandezcan de nuevo en estos tiempos, completamente recuperadas o incluso cargadas de novedad, sin tener que arrastrar rémoras de otros tiempos.

Sé de la futilidad de mis palabras. Sé de los sonidos escritos en el vacío. Pero tenía que decir algo, aunque no tuviera nada que decir.