
Desde hace mucho tiempo, vivo estos últimos días del otoñal octubre con un sentimiento especial. Bueno, debería decir dos sentimientos, pues, conforme pasan los años y veo cada vez más lejanos muchos recuerdos, son éstos, días de sentida añoranza hacia los que nos dejaron, que aumentan a la par que la edad y las arrugas.
Una marca especial es la que, desde siempre, desde mi más lejana infancia, me ha dejado el Santo Negro, "El Santito" (como siempre fue llamado en casa), San Martín de Porres. Es una impronta especial. Un sentimiento cómplice hacia él y hacia su misterio. Pues su vida de leyenda siempre tuvo para mí un no sé qué misterioso que me hacía verlo como alguien familiar pero lejano.
Siempre hubo por casa reliquias del santo; recortes de ropajes que, si se recompusieran, podrían haberme servido para confeccionar el mejor de los hábitos dominicanos que nunca hubiera podido soñar. Pero jamás osé sacarlos de la carterita que los custodiaba, junto a la imagen del santo, para tocarlos. Sería como faltarle al respeto, como paganizar el pequeño pedazo de tela santificada. Pero siempre que tenía ocasión los miraba fijamente, con admiración hacia aquel santo, negro y americano (¡qué lejos quedaba a los ojos de un chaval provinciano!) del que conocía la vida como si la hubiera tenido que estudiar. Pero esa vida no era objeto de los libritos de Historia Sagrada que leí en aquellos tiempos. No. Fue una pasión heredada. Mamada junto a la leche materna, podría decirse, pues de una madre lo que mejor se aprende es lo mamado. Y fué ella la que me imbuyó todo su amor por el Santito.
Aún hoy, todos los noviembres sigo fiel a San Martín y le visito, para charlar de nuestros recuerdos, en su capilla de San Esteban. Y nos felicitamos mutuamente por haber alcanzado un año más. Y comentamos, como cada tres de noviembre, aquella película (¡del 61!) en la que René Muñoz recreaba el amor que irradiaba Martín, con la escoba que le sirvió de báculo durante toda su vida, haciendo comer en el mismo plato a perro, gato, paloma y ratón. Sé que me espera y yo aguardo al día para volver a reunirnos.
Decía, también, tener otro sentimiento en estos días. Sentimiento más cercano, humano y compartido con muchos de quienes me visitan en esta virtualidad.
En este tiempo, en que la tradición nos hace recordar a nuestros difuntos, cuando aprovechamos la festividad del día dedicado a los Santos anónimos para recordar a nuestros santos familiares, de manera cada vez más íntimamente intensa recuerdo a muchos amigos, cofrades que se me agolpan para que, al menos este día, mantenga vivo su recuerdo y sea testimonio de su paso por nuestra Semana Santa. El transcurso inexorable del tiempo provoca que los rememorados sean cada vez más, que mis recuerdos sean cada vez más y que las canas sean también abundantes. Pero, es lo que tiene acumular años, que siempre vienen cargados de sueños y recuerdos.
Sólo quiero que se sepa que desde aquí, desde esta atalaya en la que me encuentro, hubo en mi vida cofrade muchos amigos a los que siempre tendré que agradecer haberme dedicado unos minutos, haber compartido unas sonrisas, haber vivido unos momentos... Son muchos los que han dejado una huella en mi alma cofrade. Seguro que ahora no soy capaz de recordar a todos y cada uno de ellos, por eso quiero en este día de los Santos desconocidos, de los Santos olvidados, de los que, aun sin saberlo, dejaron su marca en cada uno de nosotros, dedicarles un instante, para agradecerles todo lo que hicieron en su paso por aquí.
La memoria, mi memoria, siempre selectiva, mantiene vivos nombres que, ahora que están ahí, no quiero dejar en mi olvido compartido. Son nombres de cofrades, de personas que han disfrutado conmigo esta pasión, de amigos con los que he vivido. Y no puedo, no debo dejarlos a un lado. Quiero que sean recordados. Y quiero hacerlo por sus nombres cofrades, por los que fueron conocidos entre nosotros.
"Carlitos Gazol". El mejor abanderado que tuvo y tendrá la Semana Santa salmantina. Jamás le conocí un enemigo y su sonrisa, que pocas veces desaparecía de su cara, era la de un hombre feliz.
"Javi Pimpun". Buena persona en este mundo de lobos. Dió todo lo que tenía por su hermandad y seguro que en algún momento se le reconocerá.
"Ángel el fontanero". Con él compartí momentos inolvidables. ¿Quién no compartió momentos con Ángel?
"Pepe Casado". Longevo Hermano Mayor. Mi hermano Mayor. Prudente y buena gente. Siempre recordaré su sonrisa.
"Agustín del Via Crucis". También Hermano Mayor. También amigo. También compañero.
"Nacho Canal". El último amigo que se ha marchado. Hombre santo, cofrade y persona. Muchos le echamos en falta.
Otros serán quizá menos conocidos, más entrados en círculos íntimos, pero también cofrades, también hermanos. No es mi memoria el mejor almacén de recuerdos con nombre propio, pero aún soy capaz de traer a Manolo (el de la Mercedes), a Ángel (el guardia), a Puri, a Cristina, a Chuchi, a Óscar, a Ricardo... Creo que se me agota la lista nominal, pero de los demás sé que están ahí, que serán recordados siempre por alguno de nosotros, por algún cofrade. Santos cofrades. Santos difuntos.

