He escuchado al Sr. Alcalde de Salamanca por la radio y ya es oficial. La Ciudad concede su medalla a la Ilustre Cofradía de la Santa Cruz del Redentor y de la Purísima Concepción de la Virgen su Madre.
Me alegro por ello y por ellos. Y mi alegría es grande porque significa reconocer una trayectoria de quinientos años de Semana Santa en Salamanca. Todos debemos alegrarnos por cumplir quinientos años, pero no menos que por haber cumplido cuatrocientos, trescientos, doscientos,... y así hasta el momento mismo de la fundación. Porque es bonito llegar a los aniversarios, pero la ilusión que se tiene en los primeros momentos es “otra cosa”. Me hubiera gustado estar allí, cuando unos cuantos “iluminados”, seguramente temerosísimos de Dios (y de su Santa Inquisición), decidieron poner parte de sus vidas al servicio de los desheredados y comenzaron a crear esta Institución. Seguramente, en los primeros tiempos el ánimo sería más fuerte que la desazón (por eso fueron capaces de mantenerse), pero el desánimo también influía en el día a día de ese grupo de fieles salmantinos. Y sin embargo, con tesón y fe, fueron levantando una Cofradía que supo y ha sabido caminar al compás de los tiempos y mantener viva una llama que, más o menos trémula según las circunstancias, se ha mantenido viva hasta hoy.
También me hubiera gustado estar allí en la conmemoración de los sucesivos aniversarios, que estoy seguro habrán celebrado con espíritu de continuidad, pensando en el siguiente. Porque, a pesar de los tiempos, a pesar de las circunstancias, a pesar de las adversidades, siempre queda un pequeño grupo de "iluminados" para alimentar la llama. Porque, al menos la esperanza de futuro les decía que ese primer, segundo o tercer centenario no era el último. Porque la esperanza de futuro nos dice que este quinto centenario no es el último.
No conocí, por supuesto, aunque me hubiera gustado, a los implicados a través de los tiempos. A esos que con su esfuerzo, tesón y renuncia a parte de su vida, se involucraron en la actividad de la Cofradía. Sí que he llegado a conocer a unos cuantos de los "iluminados" de los últimos tiempos, de los que no quiero mencionar nombres porque seguro me dejo alguno en el teclado, y sé que todos, sin excepción, con aciertos y errores, seguramente más de los segundos que para eso somos humanos, han dejado tiras de sus vidas en la “Capilla Dorada” entre sayones y tablas, con martillos y bayetas, para que la VeraCruz siga manteniendo vivo el espíritu. Y es cierto que, en muchas ocasiones, imagino que en quinientos años muchísimas, hemos visto cómo la cuesta abajo era tan pronunciada que llegaba a transformarse en abismo, pero siempre ha habido algún cofrade dispuesto a sacrificarse para que la VeraCruz continuase sobreviviendo, aun de forma precaria.
Ahora, la “ilusión” es la de mantener el pasado con la vista puesta en el futuro. Ahora los cofrades de la VeraCruz, los pocos cofrades de la VeraCruz, los “iluminados” de la VeraCruz, trabajan denodadamente, con aciertos y errores, seguramente más de los segundos que para eso somos humanos, para que la herencia que han recibido, ese mayorazgo indivisible del que son usufructuarios, se mantenga en el mejor estado posible y, hasta donde alcancen sus medios, ampliarlo y mejorarlo. Porque si los cofrades pretéritos no hubiesen pensado y actuado así, ahora desconoceríamos algunas de las mejores imágenes de la Semana Santa salmantina, ya que habrían quedado como mucho en la mente de unos cuantos. Por eso animo a los cofrades de la VeraCruz a que vuelvan a construir la Cofradía. ¿Por qué no celebrar el inicio de la sexta centuria aumentando el patrimonio? Y ruego, que, además, para ello, cuenten con el resto de cofrades, pues estoy seguro que no se verán defraudados.
En definitiva, que ahora que la ciudad reconoce a la Cofradía con esta distinción, los actuales “iluminados” vean en ello nuestro reconocimiento, el de todos los salmantinos, cofrades o no, a todos aquellos que han dejado una mínima parte de sí para la continuidad de la Cofradía. Incluso a los que con sus errores, ya criticados y seguro que expiados en su momento, contribuyeron a que otros se implicasen.
Termino con un ruego. Que el brillo de la medalla no ciegue a quienes deben dar ejemplo de humildad. Que nadie piense que es un reconocimiento personal o a una labor personal. Quienes así piensen, que recuerden que esto es efímero y que, en quinientos años, han sido muchos los protagonistas que se “merecerían” este reconocimiento personal, así que debe ser compartido.
En fin, que espero que esta distinción sólo sirva como acicate para los cofrades salmantinos y para que el resto de ciudadanos no olvide que la Semana Santa está ahí, durante todo el año.