Recuerdo que hace años, tantos que no sabría precisar cuál, pero podría ser a finales de los ochenta, un grupo de privilegiados, de esos que estamos permanentemente en la cúpula del poder y que, por ello, somos viejos de nacimiento, realizamos una visita al Monasterio de Santa María de la Vega acompañando a quien, en aquellos tiempos, era alcalde de esta ciudad de Salamanca, Jesús Málaga Guerrero. Era una mañana de domingo, recuerdo. Fue una experiencia agradable. Visitamos lo poco que queda del monasterio románico. Un verdadero placer, escondido a quienes simplemente pasan, sin buscar. Y hablamos de Semana Santa. Hace tantos años que no recuerdo cuántos, se habló de un museo para la Semana Santa de Salamanca. Y no eran castillos en el aire, no. Creo que a casi todos los asistentes nos quedó claro que, en corto plazo, el Monasterio de Santa María de la Vega (-¿Cuál? Sí, hombre. Ese que está a la orilla del río, bajo la “cuesta de los locos”. ¡Ah, ya!-) iba a ser el museo de la Semana Santa salmantina. Y todos, o casi todos, dijimos, o dijeron, que era el lugar idóneo y que era una magnífica idea. ¡Salamanca con Museo de Semana Santa!
Recuerdo que hace años, no muchos pero tampoco sabría precisar el exacto, aunque seguro que en la década de los noventa, casi el mismo grupo de privilegiados anclados a nuestras poltronas y más viejos, aunque nuestra vejez, como se sabe, nos viene de nacimiento, asistimos a una reunión más o menos formal con quien, en aquellos tiempos, era alcalde de esta ciudad de Salamanca, Julián Lanzarote Sastre. Era por la tarde, recuerdo. Se habló de Semana Santa. Se habló de una “Santa Cena” para esta ciudad. Y se habló de un museo para la Semana Santa de Salamanca. Y no eran castillos en el aire, no. La Santa Cena “casi” estaba presupuestada y el museo... a la Iglesia Vieja del Arrabal. - ¿A dónde? Sí, hombre... esa que está medio abandonada junto a la gasolinera del Trebol... ¡Ah, ya!-
Ayer, recuerdo que hacia el medio día, aunque no sería capaz de precisar la hora, estaba yo solo, sin aquellos a los que me une mi “edad” en la Semana Santa, y escuché a quien, en estos tiempos, es alcalde de esta ciudad de Salamanca, Julián Lanzarote Sastre, que íbamos a tener un museo para la Semana Santa de Salamanca. Un “Museo de Pasión”, dijo. Y no eran castillos en el aire, no. Se va a reformar y rehabilitar la Iglesia Nueva del Arrabal (-¿Cuál? Sí, hombre. La de la Trinidad, la del “Amor y la Paz”. ¡Ah, ya!-) para albergarlo. Y se habló de estructura e infraestructura. Y se habló de imágenes. Y se habló de Semana Santa.
Y yo me pregunto, ¿necesitamos un museo de la Semana Santa?
¡Pues claro que no! O es que voy a permitir que mis imágenes, magníficamente asentadas en sus hornacinas, donde reciben el culto y la devoción que merecen, vayan a un frio lugar en el que dispuestas en sucesión más o menos aleatoria, permanezcan a la espera de que algún turista despistado piense que merece la pena visitar “un” museo de Semana Santa. ¿Es que podemos comparar a nuestras imágenes con los automóviles de Gómez-Planche? ¡Por supuesto que no!
Creo que no necesitamos para nada un museo de Semana Santa. Es más, no me gustan los museos de Semana Santa. Ni aquí, ni en Zamora, ni en ningún otro sitio. Sí entiendo que Zamora, cuyo interés turístico es, si no escaso, al menos bastante desconocido, y cuya Semana Santa es auténtica pasión popular, sintiese la necesidad de potenciar ambos intereses y unirlos en el museo de la Semana Santa. Pero, ¿en Salamanca? ¡Si tenemos el mejor museo de Semana Santa que cualquier ciudad española pudiera desear! ¡Si cada una de nuestras iglesias es una sala temática para la imaginería procesional! ¡ Si cada una de nuestras calles es un pasillo, cordón umbilical, nexo entre todas y cada una de las “salas”! ¿¡Para qué un museo de Semana Santa!?
Hace tiempo leí por ahí (y por ahí es el foro de la Otra Semana Santa) la propuesta de un “Centro de Estudios de la Semana Santa”, o algo así. Gran acierto del proponente. Eso sí que sería del interés de los cofrades salmantinos. O al menos de aquellos cofrades que pensamos que la Semana Santa es algo más que un desfile procesional. Un lugar en el que expertos e interesados (y entre los interesados cabemos todos) tengan material de estudio, biblioteca, hemeroteca, centro de datos y documentación. Un lugar en el que profundizar en el conocimiento de la Semana Santa. Y quizá descubrir cosas que a más de uno sorprenderían y dejarían completamente descolocado. Porque, por suerte, no lo sabemos todo de nuestra Semana Santa.
Otra opción, medianamente resuelta en estos momentos, sería la creación de un “guardapasos” en el que tanto imágenes no expuestas al culto (porque hay imágenes que es imposible poner al culto) como sus respectivos soportes procesionales (yo siempre los he llamado “pasos”, pero no quiero levantar polémica), permanezcan en condiciones adecuadas entre salida y salida procesional. Y esto es más sencillo que un museo.
Pero, lo que no se debería hacer nunca es que un almacén de imágenes, enseres y otros utensilios reciba el trato y la denominación de “Museo”. Sería un verdadero dislate.


