...Del Principio y De Mi Principio...

Quiero dejar en el aire un grito solitario que se perderá en el vacío virtual sin alcanzar ningún oído. O quizá sí alcance a algunos que, compartiendo o no mis reflexiones, se sientan estimulados por mis palabras y comiencen a construir desde lo que tenemos, desde nuestra Semana Santa, así, global, sin parcelas, sin cofradías ni cofrades que se “sientan” los mejores, pues... mi intención es hacer ver a todos los que me escuchen que TODOS somos los mejores.

8 de noviembre de 2006

MUSEO

No tenía intención de hablar sobre él, pero el último comentario de Doctrinos a mi reflexión anterior me ha “picado”, en el mejor de los sentidos, para analizar la situación.
¿Necesitamos un museo para la Semana Santa?
Recuerdo que hace años, tantos que no sabría precisar cuál, pero podría ser a finales de los ochenta, un grupo de privilegiados, de esos que estamos permanentemente en la cúpula del poder y que, por ello, somos viejos de nacimiento, realizamos una visita al Monasterio de Santa María de la Vega acompañando a quien, en aquellos tiempos, era alcalde de esta ciudad de Salamanca, Jesús Málaga Guerrero. Era una mañana de domingo, recuerdo. Fue una experiencia agradable. Visitamos lo poco que queda del monasterio románico. Un verdadero placer, escondido a quienes simplemente pasan, sin buscar. Y hablamos de Semana Santa. Hace tantos años que no recuerdo cuántos, se habló de un museo para la Semana Santa de Salamanca. Y no eran castillos en el aire, no. Creo que a casi todos los asistentes nos quedó claro que, en corto plazo, el Monasterio de Santa María de la Vega (-¿Cuál? Sí, hombre. Ese que está a la orilla del río, bajo la “cuesta de los locos”. ¡Ah, ya!-) iba a ser el museo de la Semana Santa salmantina. Y todos, o casi todos, dijimos, o dijeron, que era el lugar idóneo y que era una magnífica idea. ¡Salamanca con Museo de Semana Santa!
Recuerdo que hace años, no muchos pero tampoco sabría precisar el exacto, aunque seguro que en la década de los noventa, casi el mismo grupo de privilegiados anclados a nuestras poltronas y más viejos, aunque nuestra vejez, como se sabe, nos viene de nacimiento, asistimos a una reunión más o menos formal con quien, en aquellos tiempos, era alcalde de esta ciudad de Salamanca, Julián Lanzarote Sastre. Era por la tarde, recuerdo. Se habló de Semana Santa. Se habló de una “Santa Cena” para esta ciudad. Y se habló de un museo para la Semana Santa de Salamanca. Y no eran castillos en el aire, no. La Santa Cena “casi” estaba presupuestada y el museo... a la Iglesia Vieja del Arrabal. - ¿A dónde? Sí, hombre... esa que está medio abandonada junto a la gasolinera del Trebol... ¡Ah, ya!-
Ayer, recuerdo que hacia el medio día, aunque no sería capaz de precisar la hora, estaba yo solo, sin aquellos a los que me une mi “edad” en la Semana Santa, y escuché a quien, en estos tiempos, es alcalde de esta ciudad de Salamanca, Julián Lanzarote Sastre, que íbamos a tener un museo para la Semana Santa de Salamanca. Un “Museo de Pasión”, dijo. Y no eran castillos en el aire, no. Se va a reformar y rehabilitar la Iglesia Nueva del Arrabal (-¿Cuál? Sí, hombre. La de la Trinidad, la del “Amor y la Paz”. ¡Ah, ya!-) para albergarlo. Y se habló de estructura e infraestructura. Y se habló de imágenes. Y se habló de Semana Santa.
Y yo me pregunto, ¿necesitamos un museo de la Semana Santa?
¡Pues claro que no! O es que voy a permitir que mis imágenes, magníficamente asentadas en sus hornacinas, donde reciben el culto y la devoción que merecen, vayan a un frio lugar en el que dispuestas en sucesión más o menos aleatoria, permanezcan a la espera de que algún turista despistado piense que merece la pena visitar “un” museo de Semana Santa. ¿Es que podemos comparar a nuestras imágenes con los automóviles de Gómez-Planche? ¡Por supuesto que no!
Creo que no necesitamos para nada un museo de Semana Santa. Es más, no me gustan los museos de Semana Santa. Ni aquí, ni en Zamora, ni en ningún otro sitio. Sí entiendo que Zamora, cuyo interés turístico es, si no escaso, al menos bastante desconocido, y cuya Semana Santa es auténtica pasión popular, sintiese la necesidad de potenciar ambos intereses y unirlos en el museo de la Semana Santa. Pero, ¿en Salamanca? ¡Si tenemos el mejor museo de Semana Santa que cualquier ciudad española pudiera desear! ¡Si cada una de nuestras iglesias es una sala temática para la imaginería procesional! ¡ Si cada una de nuestras calles es un pasillo, cordón umbilical, nexo entre todas y cada una de las “salas”! ¿¡Para qué un museo de Semana Santa!?
Hace tiempo leí por ahí (y por ahí es el foro de la Otra Semana Santa) la propuesta de un “Centro de Estudios de la Semana Santa”, o algo así. Gran acierto del proponente. Eso sí que sería del interés de los cofrades salmantinos. O al menos de aquellos cofrades que pensamos que la Semana Santa es algo más que un desfile procesional. Un lugar en el que expertos e interesados (y entre los interesados cabemos todos) tengan material de estudio, biblioteca, hemeroteca, centro de datos y documentación. Un lugar en el que profundizar en el conocimiento de la Semana Santa. Y quizá descubrir cosas que a más de uno sorprenderían y dejarían completamente descolocado. Porque, por suerte, no lo sabemos todo de nuestra Semana Santa.
Otra opción, medianamente resuelta en estos momentos, sería la creación de un “guardapasos” en el que tanto imágenes no expuestas al culto (porque hay imágenes que es imposible poner al culto) como sus respectivos soportes procesionales (yo siempre los he llamado “pasos”, pero no quiero levantar polémica), permanezcan en condiciones adecuadas entre salida y salida procesional. Y esto es más sencillo que un museo.
Pero, lo que no se debería hacer nunca es que un almacén de imágenes, enseres y otros utensilios reciba el trato y la denominación de “Museo”. Sería un verdadero dislate.
Y, para terminar, ¡por favor!, que no conviertan lo que se haga en un “Centro de Interpretación de la Semana Santa” al estilo de los que, para las más variopintas cuestiones, afloran por doquier como mízcalos en los últimos tiempos y que sólo sirven para alimentar las cuentas de empresas de marketing y diseño. Dejemos eso para otros entornos con menos posibilidades. No hagamos de esto un centro de turismo rural.

5 de noviembre de 2006

EL CARTEL



Con los villancicos casi sonando ya en las calles salmantinas, retumbando en los oidos de los paseantes. Esperando ya el olor de la nieve, aunque este año se haga de rogar. A pesar de que la mente está más en la Natividad que en la Resurrección, ayer visité el concurso-exposición "Semana Santa salmantina" con las fotografías candidatas a ser cartel anunciador de nuestra Semana en 2007.

No sé muy bien quien es el responsable, pero, como siempre en los años que llevo visitando dicha exposición, era más de lo mismo. O quizá no. Ahora, con la posibilidad de que todos podemos ser fotógrafos, con la era digital, con el Photoshop, ya no es más de los mismo, sino más de lo más.

Lo que he visto me ha decepcionado, como siempre. Son ciento veintiseis fotografías que, dentro de su disparidad (tamaños, colores, orientaciones,...) reflejan lo de siempre. Son fotografías atemporales, en las que lo único que cambia es la ornamentación de las imágenes. Esto es lo único que permite reconocer si la fotografía es reciente o de años anteriores. Por lo demás, imagen-monumentalidad-religiosidad popular.

Pero, no es esto lo peor. Lo peor es que, como ya he dicho, hoy cualquiera es fotógrafo. Y esto se refleja en la calidad final de las imágenes expuestas. Fotografías desenfocadas. Fotografías quemadas de luz. Fotografías artificiales por abuso de corrección digital. En definitiva: Fotografías malas. Muy malas. Pero, pasan los filtros de selección previos, por lo que aparecen ante nuestros ojos para orgullo de sus autores, algunos de los cuales llevan años haciendo fotografías desenfocadas, por lo que sospecho que el problema es más de vista del autor que de técnica fotográfica.

Por supuesto que alguna de las expuestas se salva y pasaría unos mínimos criterios de calidad. Pero, por desgracia, son las fotografías que nunca serán seleccionadas como cartel de la Semana Santa salmantina, porque no cumplen con los criterios que utilizan los miembros del jurado. Es decir que, salvo la parte técnica del jurado, los demás simplemente actuan de forma egoista y buscan un beneficio "personal". ¡Lo veremos!

No sé si este concurso-exposición se respeta porque se ha constituido en tradición, pero hay tradiciones que es conveniente que desaparezcan cuando se vuelven en contra de los intereses que las crearon. No creo que esté en el programa electoral de ninguno de los candidatos a la presidencia de la Junta de Cofradías (por cierto, no conozco ningún programa electoral, aún), pero desde aquí animo a los candidatos a que lo contemplen como una posibilidad: !Hacer desaparecer este concurso! Ya está bien de alimentar el patrimonio fotográfico de algunos aficionados con unos premios inmerecidos. Salvo excepciones, y aquí tengo que destacar a Oscar García, a quien no conozco sino a través de su trabajo fotográfico que, en la mayoría de ocasiones, es admirable. Pero, poco más, pues no es la cámara sino el ojo del fotógrafo. Y el resto son mayoritariamente "fotógrafos" que destacan por carecer de "ojo". Estos últimos son inmensidad en este concurso.

Como digo, por qué no, en lugar de repartir premios entre fotógrafos, mediocres a lo más, no se invierte en patrimonio de la propia Junta de Cofradías, como se hace en otros lugares. Simplemente se opta por la calidad asegurada, se contacta con un buen artista y se le encarga la confección de un original que se pueda convertir en el cartel de la Semana Santa salmantina y se incrementa el patrimonio. ¿Da miedo? ¿Es poco popular? ¿Hace falta más trabajo? Creo que somos muchos los que opinamos así. Por una vez, aun sirviendo de precedente, hagan caso a la razón. A esta razón, por supuesto.

4 de noviembre de 2006

NOSTALGIA


Seguro que es porque este sábado se ha despertado lluvioso y oscuro. Es algo que me ocurre con frecuencia en días como este. Me siento nostálgico y, como ya voy teniendo una edad, recuerdos sin mucho sentido se vienen a mi presente y hacen que mi espíritu se sublime en el tiempo y en el espacio.
Hoy, como digo, sin mucho sentido, me he acordado de mi amigo José Manuel. Sí, precisamente de él. No sé muy bien por qué, pero he comenzado a repasar nuestras andanzas juntos y, creo que sin querer, me he detenido en aquel momento en que José Manuel nos abandonó. No, por favor, que nadie piense en nada grave. Casi es mejor que comience de nuevo.
Hace unos años, José Manuel, gran amigo y excelente mecánico, trabajaba junto a mí en una importante empresa automovilística. No se puede decir que las cosas fuesen estupendamente, pues el día a día, el roce con otros compañeros, nuestras propias vidas, hacían que todo discurriese sin más en la empresa. Pero, ciertamente, funcionaba.
Un día, recuerdo que era primavera, José Manuel dijo que no aguantaba más. Le superaban las circunstancias, el día a día, el roce con los compañeros... y se marchó. Se vió, quizá de forma precipitada, capaz de crear su propia empresa. Pensó que con lo que tenía era suficiente, no sólo para empezar, sino que incluso iba a demostrar a los demás de lo que podía ser capaz.
La verdad es que no contaba con mucho. Algunos ahorros -escasos-, patrimonio –un local que heredó de su padre-, ilusión y “amigos” que le animaban a jugársela, sabiendo que jamás serían ellos los que perdiesen la apuesta. Con estos aperos, José Manuel se independizó. Montó un pequeño taller mecánico y creyó que, conociendo como conocía el negocio (no en vano le venía de casta), pronto sería casi tan fuerte como la empresa a la que había dedicado gran parte de su vida.
En los primeros tiempos todo marchó rodado. Había clientes que daban trabajo y esto permitía generar ingresos. ¡Miel sobre hojuelas! Pero, también había que pagar tributos, había que mantener una familia cada vez más exigente, había que pagar, y pagar, y pagar... y llegó un momento en que los gastos superaban a los ingresos. Cada vez más, los gastos superaban a los ingresos. Y la gran empresa automovilística seguía funcionando sin José Manuel. Y cada día aumentaba sus beneficios.
Las deudas ahogaban a José Manuel. El trabajo era cada vez más escaso. El insomnio casi permanente, hizo temer por la salud de José Manuel.
Un día, recuerdo que era primavera, José Manuel dijo que no aguantaba más. Le superaban las circunstancias, el día a día... y recordaba con cariño, casi con placer, el roce con los compañeros. Y haciendo de tripas corazón, cual hijo pródigo después de haber dilapidado el capital heredado en vida, volvió a la gran empresa automovilística en busca de empleo.
Ahora, sigue allí, con nosotros. Creo que le siguen superando las circunstancias, el día a día, el roce con los compañeros... pero es feliz. ¡Y además tiene trabajo!
Ya digo que, no sé por qué, sin mucho sentido, me he acordado de mi amigo José Manuel.
Después, debido seguramente a que el día sigue lluvioso y gris, he seguido dando vueltas y vueltas y, de repente se han mezclado José Manuel y la VeraCruz. No. Mejor dicho, me he acordado de la procesión del Viernes Santo, de la de los catorce pasos, de esa pesadez que año tras año todos los salmantinos bajamos a ver como si fuera la primera vez, sin acordarnos del frio, ni de la buena o mala organización, ni de si desfila o no la Corporación Municipal con el Alcalde a la cabeza, ni de tantas otras cosas. Sólo recordando que es ¡la procesión de los catorce pasos!, el Huerto, Boca Ratonera, Culo “Colorao”, el Nazareno de San Julián, El “Rescatao”, Las Angustias y, siempre al final, presidiendo, recogiéndolos a todos, ¡...La Dolorosa...!
Se me mezclan todos con José Manuel. Y al final, no sé por qué, lo único que veo es... ilusión y “amigos” que le animaban a jugársela, sabiendo que jamás serían ellos los que perdiesen la apuesta.
Por favor. Que la historia de José Manuel tenga que volver a repetirse. Que no tenga que haber más hijos pródigos en la Semana Santa. Que lo que se haga, sea consciente, meditado, maduro y viable, pero que no sea sólo el fruto de valentonadas juveniles, de calentones que no dejan calibrar las consecuencias, de arrebatos sin más.
Y si lo que se hace, se hace conscientemente, fruto de una profunda reflexión. Si se arriesga con madurez y, aun así, las cosas no salen como se espera, creo que cual hijo pródigo, quienes probaron la experiencia, encontrarán las puertas de esta casa paterna abiertas de para en par y se harán fiestas por su regreso. ¡seguro!

2 de noviembre de 2006

NADA QUE DECIR


Hoy redecoro esta bitácora.
Es más simple, con trazos más blancos y sin fondos.
Me he dado cuenta de que no se accedía correctamente desde todas partes. Y lo que quiero es estar accesible; que mis sensaciones circulen por todos los vericuetos electrónicos para alcanzar cualquier tipo de terminal con cualquier tipo de navegador.
Porque, aunque con poco tiempo, quiero que cada día sea nuevo en esta cadena de reflexiones. Pero, cuando no se generan noticias, tratándose como se trata de una reflexión únicamente sobre la Semana Santa salmantina, cuesta trabajo poner a funcionar la neurona y que salgan frases con un mínimo de fluidez (y que además sean coherentes). Porque he descubierto que no alcanzo a ser capaz de ceñirme a un calendario cuando no tengo cosas que decir. Jamás pensé en esto como una columna diaria. Ni siquiera periódica. Entonces, prefiero que sean otros los que hablen por mí. Gracias Lucano por recordarme en el nombre de los días. Cierto que el eje de mi bitácora no llegó a girar continuadamente en el principio, ya sabes... el verano y también el trabajo, han sido palos que se introdujeron en los radios de esta rueda dificultando, a mi pesar, el tranquilo rodar que para ella tenía previsto. Ahora, que el amor de la lumbre se va acercando poco a poco, espero dar continuidad a estos momentos de falsa intimidad, estos momentos en que exhibo mis sensaciones privadas con egoista afán, para que todo el que quiera se vaya acercando a mí poco a poco y podamos descubrir juntos la buena Semana Santa. La mejor Semana Santa de Salamanca.